Por Ignacio BadalEl sorprendente señor J.R. Correa: los desconocidos vínculos del nuevo accionista de la U
Ubicuo como pocos, tiene vínculos en altas esferas políticas de derecha y de izquierda. En una fiesta en su casa estuvo la presidenta Bachelet y los representantes de todos los poderes del Estado; algo parecido a lo que ocurrió en su matrimonio. De origen en la UDI, se declara amigo del presidente electo José Antonio Kast y la excandidata Matthei, pero también de los exministros Vidal, Viera-Gallo y Eyzaguirre. Pasó inadvertido por décadas, pero su rostro se hizo público cuando comenzó a ser dirigente del club de fútbol Universidad de Chile. Hace un par de semanas, compró el 21,44% de Azul Azul en $6.716 millones. Dice que para ello pidió un crédito.

Por su don de la ubicuidad, lo comparan con personajes cinematográficos como Forrest Gump o Zelig. Detrás del poder, pero omnipresente. Ha tenido en su casa e incluso es amigo de varias de las más altas autoridades del país en las últimas dos décadas.
Pero había pasado casi inadvertido para el público general hasta que el 12 de enero compró el 21,44% de la sociedad Azul Azul, administradora del club de fútbol Universidad de Chile (“U”), en $6.716 millones (US$7,5 millones) con lo cual pasó a ser su segundo mayor accionista.
A diferencia de otros abogados de la plaza, también conocidos por sus vínculos políticos, José Ramón Correa Díaz (48, casado, dos hijos) ha hecho una carrera alejada de las luces mediáticas -sólo salpicada por hechos puntuales que lo han puesto en la noticia-, pero tan fructífera que es considerado uno de los más conectados del país.
Tan transversal que, pese a un origen político completamente asociado a la derecha, se mueve con soltura también en la tradicional izquierda socialdemócrata.
“Es un muy buen amigo”, admite el exministro y expresidente de TVN Francisco Vidal. “Un gran amigo nuestro”, afirma Magdalena Matte, exministra, empresaria y esposa del exministro y exsenador Hernán Larraín.
Tras involucrarse en los intrincados pasillos del fútbol profesional, se relacionó profesionalmente con el polémico presidente de Azul Azul, Michael Clark, al tiempo que se fue ganando a la hinchada de la “U”, atacando al equipo archirrival y ayudando a aficionados complicados con la justicia.
El origen de sus vínculos
Hijo único del agricultor homónimo José Ramón Correa Devés, Correa Díaz estudió en el colegio Sagrados Corazones de Manquehue y a corta edad se entusiasmó con la política. “Le interesaban cosas que a los chicos de su edad no le interesaban”, dice un conocido. De padre de derecha dura y tío comunista, ya a los 14 años, impactado por el homicidio de Jaime Guzmán, en abril de 1991, se afilió a la juventud del partido del senador asesinado, la Unión Demócrata Independiente (UDI). Su carrera electoral, sin embargo, sólo se limitaba a haber sido presidente de curso.
En la sede de calle Suecia conoció a los grandes líderes de la colectividad, los llamados “coroneles”. Su persistente presencia en campañas, con banderazos y puerta a puerta, estrechó su relación con dos de ellos, Jovino Novoa y Pablo Longueira, así como con personajes como Carlos Bombal, a quien considera su primer padrino político, Hernán Larraín y Evelyn Matthei, pese a que en ese tiempo le doblaban o hasta triplicaban en edad. Se hizo cercano también a quien lideraba la Juventud UDI en esos días, Darío Paya, contemporáneo de José Antonio Kast, Rodrigo Álvarez y Marcela Cubillos, con quienes también estrechó lazos en el tiempo. “Es como un viejo chico”, dice una excolega.
A mediados de la década de los ‘90 entró a estudiar Derecho a la Universidad de Los Andes, donde no tuvo mucho contacto con la política, salvo, cuando en 1999 Paya lo invitó a participar del Leadership Institute, la academia de capacitación de talentos políticos de derecha: “Es donde se estudia para ser concejal, alcalde o diputado, antes de la UDI, ahora también republicano”, cuenta un exparticipante.
Pese a concurrir, decidió pronto no ser candidato a nada. Sus talentos iban, mas bien, por las conexiones que genera la política.
Terminó la carrera y, gracias a la amistad que generó en la universidad con María José Martínez Pinochet, nieta de Augusto Pinochet e hija mayor de Jacqueline Pinochet Hiriart, se estrenó en la abogacía con una causa de alta repercusión. En 2004, se incorporó a la defensa del cuarto hijo de Pinochet, Marco Antonio, y su esposa Soledad Olave, en el caso de las cuentas secretas del dictador en el banco Riggs de Estados Unidos. Allí tomó la representación de Olave, aunque hacía equipo con Juan Ignacio Piña, quien después fue presidente del Consejo de Defensa del Estado y lideraba la defensa, y Luis Pacull, defensor de Pinochet Hiriart. El caso concluyó en enero del 2007, un mes después de la muerte del dictador, con la absolución de Olave de cargos de corrupción.
Semanas después, la presidenta Michelle Bachelet propuso a Ramiro Mendoza para liderar la Contraloría General de la República. Tras asumir, Mendoza, quien había sido su profesor de derecho administrativo, se llevó a Correa como asesor del gabinete.
Entrar a la Contraloría fue un paso que marcó un antes y un después para su vida profesional. Al año siguiente, Mendoza reorganizó el mando de la entidad y quien fuese su jefe de gabinete, Julio Pallavicini, asumió como jefe de la división jurídica, y nombró a Correa como su mano derecha.
El puesto clave de jefe de gabinete del contralor, entre 2007 y 2011, le significó tejer una maraña de contactos que perduran hasta hoy. Por ejemplo, se hizo cercano de la hoy contralora Dorothy Pérez.
También le tocó organizar una especie de “frente contra la corrupción”, que integraban Mendoza; el presidente de la Corte Suprema, Urbano Marín; el fiscal nacional Sabas Chahuán; el presidente del Consejo de Defensa del Estado (CDE), Carlos Mackenney, y el presidente del Tribunal Constitucional (TC), Marcelo Venegas, donde estrechó lazos con el lado judicial del poder.
Y en el Ejecutivo, conoció trabajando a prohombres de la centroizquierda como el PPD Francisco Vidal, ministro secretario general de gobierno de la época, y Rodrigo Peñailillo, en ese tiempo jefe de gabinete de la presidenta (de hecho, participó de un comentado cumpleaños de Peñailillo en 2008 en el bar Liguria). A través de Vidal, se vinculó también con quien fuese ministro de Hacienda con la administración Lagos y Bachelet II, Nicolás Eyzaguirre, y al extitular de Defensa e Interior, Jorge Burgos.
“No obstante la diferencia de edad, nos hicimos amigos, jugábamos tenis, es harto bueno”, comenta Burgos.
“Es una persona de derecha, pero tiene la capacidad de conversar con gente de izquierda. Es interesante, simpático e inteligente”, dice Vidal, uno de los pocos consultados que accedió a ser citado.
A tal nivel llegó esa “capacidad de conversar”, que armaron un grupo que se reunía al menos una vez al mes a comer en el restaurante peruano Misky Mikuy de La Reina y que actualmente lo hace en La Casa Vieja de Vitacura, que integran Vidal y Eyzaguirre, junto a otros abogados y exmilitares.
Dos eventos que marcaron hito
Las conexiones de José Ramón Correa han quedado en evidencia en dos eventos propios ocurridos hace ya más de 14 años, pero que muchos recuerdan hasta hoy por su masividad y su demostración de poder.
“Es un gran organizador de eventos, es un muy buen anfitrión y le encanta el poder”, cuenta un excolega.
En 2009, cuando el comandante en jefe de la Armada Rodolfo Codina pasó a retiro, Correa organizó una comida en la parcela de Casablanca de su madre, a la que asistieron Vidal, Mackenney y el expresidente del TC Juan Colombo, entre otros.
Un testigo cuenta que la presidenta Bachelet supo de la comida y preguntó por qué habían dejado fuera a mujeres, y les llamó “Club de Toby”.
Al año siguiente, poco antes de que Bachelet dejara la presidencia, la despedida en Casablanca fue para el presidente del máximo tribunal, Urbano Marín. Y Correa organizó un almuerzo donde estaban representados todos los poderes del Estado. Incluso algunos bromearon con que allí sesionaba el Consejo de Seguridad Nacional.
Un par de asistentes recuerdan que la primera invitada fue Bachelet, pero que también habrían concurrido, entre otros, el presidente del Senado, Jovino Novoa; el presidente de la Cámara, Rodrigo Álvarez; el fiscal nacional Sabas Chahuán; el presidente del TC, Marcelo Venegas; los tres comandantes en jefe de las Fuerzas Armadas: Óscar Izurieta, del Ejército, Edmundo González de la Armada y Ricardo Ortega de la FACH; el general director de Carabineros, Eduardo Gordon; el jefe del CDE, Carlos Mackenney; y el ministro de Defensa, Francisco Vidal. Y obviamente, el jefe de Correa, el contralor Mendoza. El único que faltó fue el presidente electo, Sebastián Piñera.
La capacidad de aglutinar poderosos la ratificó al año siguiente, en mayo de 2011, cuando celebró su matrimonio en el Club Hípico. “Parecía Narnia, porque estaban todos”, dice una asistente. Próceres de la UDI como Longueira y Andrés Chadwick, sus amigos Vidal y Eyzaguirre, Peñailillo, Marco Enríquez-Ominami con Karen Doggenweiler, el exsupremo Marín, el futuro presidente del TC Iván Aróstica, los ministros Felipe Bulnes, Evelyn Matthei y Felipe Kast, el diputado y hoy presidente electo, José Antonio Kast, la diputada PPD María Antonieta Saa, el senador Ricardo Lagos Weber y editores y directores de medios de comunicación.
Fue un matrimonio con 550 invitados que al día siguiente hasta apareció en notas periodísticas de los diarios, y que Correa costeó con un crédito que le costó años pagar, cuenta un allegado.
Sus célebres representados
Su salida de la Contraloría en septiembre del mismo 2011 no fue en buenos términos, luego de que discrepancias en el estilo de trabajo de Mendoza y Correa los alejaran.
En aras de buscar trabajo como abogado, Correa se asoció a Carlos Mackenney, una sociedad que no funcionó muy bien, dado que les costaba recibir clientes ya que su socio, como expresidente del CDE, se inhabilitaba permanentemente por esa misma condición.
Entre 2011 y 2014, trabajó también como asesor del ministro de Economía, Pablo Longueira, a quien representó en el directorio de Chile Valora, donde compartió con empresarios como Andrés Ovalle, Bernardo Echeverría y Alfonso Swett.
Entre 2014 y 2018 colaboró con varios ministerios, como Interior y Seguridad Pública, durante los segundos mandatos de Bachelet y Piñera.
Bajo este último periodo, estuvo solo cinco meses como asesor a honorarios del ministro del Interior, Andrés Chadwick, donde coincidió con el hoy caído en desgracia Luis Hermosilla. Debió salir en diciembre de 2018 del ministerio, en medio del conflicto generado al interior de la Contraloría entre el contralor Jorge Bermúdez y la removida subcontralora Dorothy Pérez ante la anulación de un sumario a Carabineros por el millonario fraude de la policía uniformada. Correa, muy cercano a Pérez, prefirió no contaminar al gobierno debido a su amistad y su defensa a la hoy contralora, ha dicho en privado.
El propio Correa admite que en esos días, cuando Bermúdez sacó a Pérez, hizo gestiones incluso en medios de comunicación para limpiar el nombre de su amiga de lo que llamó rumores sin fundamentos respecto a supuestas actuaciones poco éticas. Y afirma que dados sus contactos con Contraloría, como abogado no tramita causas en ese organismo, para mantener su independencia.
El pasado 7 de septiembre de 2024, un artículo de Ciper volvió a poner el nombre de Correa en polémicas. Decía que fue él quien en 2018 le dio el contacto de Luis Hermosilla, con quien trabajaba en Interior, a Ángela Vivanco, quien buscaba convertirse en ministra de la Corte Suprema, lo que logró en julio de ese año.
Correa dice que su papel en ese caso se remitió a convidarle el número telefónico y nada más. No niega que la conocía como una destacada abogada y profesora de Derecho Constitucional de la U. Católica, y que tenía una buena relación con ella. Sin embargo, testigos aseguran que Correa intermedió con medios de comunicación en favor de Vivanco, algo que él ha negado. Dice que nunca fue abogado de Vivanco y que para evitar conflictos, nunca ha tramitado una causa en la Tercera Sala de la Suprema, que integraba la destituida jueza, hoy en prisión preventiva tras ser formalizada por los delitos de cohecho y lavado de activos.
Las dudas en Azul Azul
Como varias veces en su vida, Correa ha sido actor de polémicas públicas, aunque normalmente secundario.
Como abogado, no se define con una especialidad, sino que se autodenomina “un negociador” o “un solucionador de problemas”, puesto que “sabe apretar las teclas del Estado”. A su estudio jurídico EC Abogados, ubicado en la elegante avenida Alonso de Córdova y donde el expresidente del TC Iván Aróstica figura como senior counsel, le va razonablemente bien, dicen los que lo conocen.
Aficionado al golf, es un asiduo del club Los Leones. Por eso, pocos se explican su entrada al fútbol y su llegada a la U.
Algunos dicen que fue por su relación con la exportavoz de gobierno Cecilia Pérez, hoy vicepresidenta del club y la única que lo llama “mi gordo”. Sin embargo, otros dicen que fue su amigo Christian Aubert quien lo convenció de meterse a este mundo, del que, dicen sus cercanos, está “fascinado”.
Es que su ego ha sido acariciado por fanáticos “chunchos”, que lo recuerdan cuando persiguió al exentrenador de Colo Colo, Jorge Almirón, a quien acusó de hacer trampa por, supuestamente, dar instrucciones a sus dirigidos en un partido pese a que tenía prohibición de hacerlo.
Y lo que lo elevó a los altares azules fue cuando viajó de urgencia en la madrugada a Buenos Aires para hacer gestiones, junto al embajador de Chile en Argentina, José Antonio Viera-Gallo -otro de sus amigos, pues compartió una oficina de abogados con él hace unos años-, para traer de vuelta al centenar de hinchas detenidos por los violentos desmanes con que terminó un partido de la U con Independiente de Avellaneda por Copa Libertadores en agosto.
“Los más fanáticos adoran a Correa. Los dos momentos en que como dirigente de la U ha tenido exposición se ha ganado a la afición. Hay hinchas que lo comparan con el doctor Orozco”, dice una fuente que conoce la interna del club. Si incluso entre los hinchas asiduos a concurrir al centro de entrenamiento de la U lo llaman por su sobrenombre “Toto”, por el actor humorístico Francisco Acuña, con quien lo comparan.
Con este escenario, Correa dio su último paso que, entre quienes lo conocen y dentro del mismo club, ha provocado dudas: la compra del paquete accionario de Azul Azul. Pese a que tiene un buen pasar y “le ha ido muy bien como abogado”, señalan sus amigos, existen dudan de que cuente con los US$7,5 millones que costaron esas acciones.
El abogado asegura que pidió un crédito para comprarlas, con garantías de sus propiedades y de las propias acciones, y que creó la sociedad Romántico Viajero SpA, de la cual es el único socio, sólo para adquirirlas. Correa adelantó que próximamente explicará detalladamente la adquisición a la Comisión para el Mercado Financiero.
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