Por Francisco Aravena¿Quién le rompió el corazón a Jeff Buckley?
Una pista: llevaba su mismo apellido

Las dos veces que Jeff Buckley fue a un concierto en el que el nombre de su padre encabezaba el cartel marcaron para siempre la carrera de quien se convertiría en un mito. La primera vez tenía ocho años y se hacía llamar por su segundo nombre y el apellido de su padrastro: Scott Moorhead. Tras el concierto, Tim Buckley le pidió a Mary Guibert, la madre del hijo a la que había abandonado en pleno embarazo, si podía quedarse con el niño por esa noche. Jeffrey Scott terminó pasando una semana con su padre, antes de que éste lo dejara en un bus rumbo a su casa con un teléfono escrito en una caja de fósforos. Tim nunca contestó. Dos meses después, Buckley era un ídolo del folk muerto de sobredosis a los 28 años y su hijo -nunca mencionado en sus obituarios- comenzaba a pensar en usar el apellido de ese extraño al que todo el mundo decía que se parecía tanto. La segunda vez Jeff Buckley compartía el cartel con su padre muerto: era abril de 1991 y “el hijo de Tim” había sido invitado a participar en un concierto homenaje al músico en una iglesia en Brooklyn. Jeff tomó su guitarra y comenzó a cantar I never asked to be your mountain, la canción en la que Tim aludía al pedestal en que asumía que Mary y su hijo lo habían puesto, una altura desde donde él sólo podía caer. La voz del desconocido Buckley impresionaba por su similitud, pero tenía algo más nutriendo esa potencia y rango que lo convertirían en una estrella. Quizás era el dolor del abandono. No puedo nadar en tus aguas y no puedes caminar en mis tierras / estoy navegando por todos tus pecados y escalando todos mis miedos / y pronto moriré, cantó casi gritando esa noche que el mundo recordaría como el momento en que Jeff Buckley avisó que sería él quien llevaría su apellido a la gloria.
Esa misma noche conocería a la artista Rebecca Moore, su primer gran amor, que inspiraría parte de las composiciones del debut -y despedida- de Buckley, Grace (1994). El documental It’s never over (2025) funciona no sólo como un intento de conocer el complejo mundo emocional del músico, sino también como una extensa carta de amor de las mujeres que amaron a Buckley: su madre Mary Guibert, Moore y Joan Wasser. Y aunque con todas ellas tuvo relaciones complejas y a ratos conflictivas que dejaron su huella en la poesía de Buckley, uno queda con la idea de que no fueron ellas quienes rompieron al compositor tanto como para extraer de su garganta esos gritos melódicos de cuatro octavas de amplitud que sacudieron al mundo.

Apunta el psicoanalista italiano Luigi Zoja en El gesto de Héctor que “el padre es una construcción, un artificio”. Se refiere a que, dado que biológicamente un hijo no necesita a su procreador para sobrevivir -como sí ocurre con la madre- ser padre es una elección. “No es la evolución animal, sino sólo la historia y la existencia psíquica las que han otorgado al macho la cualidad de padre”, agrega. ¿Fue la (no) elección de Tim Buckley, el hombre que nunca pidió ser montaña, la partera del dolor de Jeff?
La semana pasada se cumplieron 29 años desde que ese hombre se internó completamente vestido y completamente sobrio en las aguas del río Wolf, en Memphis, cantando Whole Lotta Love -una canción que aprendió gracias a su padrastro, un mecánico que escuchaba a Zeppelin en su garage- mientras comenzaba a nadar de espaldas sólo para desaparecer. Sólo por eso volví a pensar en esta historia del hijo cuyo padre le había dicho que no podía “nadar en sus aguas” que muere ahogado. Sólo por eso volví a revisar las letras de Buckley, sólo por eso y quizás también por causa del bombardeo publicitario del Día del padre y quizás también por otros dolores, otros milagros, otras tragedias, otras canciones.
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