Opinión

La ideología de la rebeldía

Proyecciones oficiales confirman que la población de Chile superará los 20 millones en 2026. Jonnathan Oyarzun/Aton Chile JONNATHAN OYARZUN/ATON CHILE

En los últimos años comenzó a instalarse la idea de que la nueva rebeldía juvenil ya no sería de izquierda. Los ejemplos parecían abundar. Milei en Argentina, Trump creciendo entre jóvenes en EE.UU. y distintas expresiones de derecha radical ganando espacio entre nuevas generaciones europeas parecían mostrar un cambio de época. La conclusión resultaba tentadora para la nueva derecha. Después de décadas en que la izquierda monopolizó el lenguaje de la rebeldía, los jóvenes se estarían derechizando.

Sin embargo, siempre conviene mirar estos fenómenos con cautela.

En Colombia, análisis del reciente balotaje sugieren un patrón distinto. Jóvenes votando más por Cepeda y adultos inclinándose por De la Espriella. En Chile, Criteria muestra que el apoyo al Presidente Kast disminuye conforme baja la edad. No son antecedentes definitivos, pero sirven para poner en suspenso una interpretación que comenzaba a consolidarse demasiado rápido.

Quizás el error está en asumir que la rebeldía sigue buscando un domicilio ideológico estable. Durante años observamos movilizaciones estudiantiles, feministas o ambientales y concluimos que los jóvenes eran progresistas. Más tarde aparecieron Milei, Trump y otros liderazgos disruptivos y pasamos a creer exactamente lo contrario.

Tal vez en ambos casos confundimos rebeldía con ideología. Es probable que la constante no sea una identidad política duradera, sino una disposición a impugnar el orden existente, cualquiera sea el signo ideológico que lo represente.

Cuando el establishment era conservador, esa impugnación adoptó formas progresistas. Cuando gobiernos de izquierda comenzaron a ser percibidos como incapaces de controlar la delincuencia, generar oportunidades económicas o simplemente demasiado acomodados al poder, esa misma pulsión encontró expresión en alternativas libertarias, conservadoras o antisistema.

Visto así, las recientes adhesiones de jóvenes a las nuevas derechas podrían reflejar menos una adhesión estable a sus ideas y más al hecho de haber logrado representar mejor la promesa de cambio. Pasa que la derecha radical aprendió a hablar el lenguaje emocional de la ruptura y a capitalizar el descontento con las élites políticas gobernantes.

Pero otra cosa es “con guitarra”. Quien gobierna deja de ser oposición y pasa, más temprano que tarde, a formar parte del orden que administra y maneja el poder. Todo un desafío para el actual gobierno. Jóvenes que pudieron sentirse atraídos por discursos de orden y empleo no necesariamente comparten una agenda valórica conservadora. Son parte de generaciones que crecieron considerando libertades, derechos o formas de vida como cuestiones ya resueltas.

Probablemente, el riesgo para La Moneda no sea enfrentar una juventud de izquierda, sino enfrentar jóvenes que dejen de verlos como vehículo de protección y cambio para percibirlos como una amenaza a espacios de autonomía o conquistas que consideran ya adquiridas. Después de todo, la ideología de la rebeldía ya no acepta un domicilio fijo.

Por Cristián Valenzuela, director de Criteria

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