Por Ricardo AbuauadOtro clima, otra respuesta

Los pórticos de Bolonia o de Santa Cruz permiten recorrer la ciudad bajo la lluvia; los patios de Andalucía ofrecen refugio del calor. En Chile, corredores y zaguanes construyeron también una manera de habitar entre la casa y la calle. El clima explica mucho de lo que admiramos en la arquitectura y el espacio público. Durante siglos, hacer ciudad exigió entender cómo llegaban el sol, el viento y el agua.
Hoy esa relación nos plantea un problema nuevo: el clima cambia y la ciudad permanece. El aluvión de San Carlos de Apoquindo, así como la granizada y las inundaciones del martes mostraron la distancia entre las condiciones que enfrentamos y las respuestas que tenemos. Mientras se anuncian nuevas lluvias, cuesta seguir hablando de sorpresas.
La evidencia del calentamiento global hace insostenible el negacionismo. Atribuirle cada episodio requiere estudios, pero esa cautela no justifica seguir calculando el futuro con las certezas del pasado. Hay, además, una nueva forma de negación que convive con los discursos ambientales: reconocer que el clima cambió y postergar las decisiones que ese reconocimiento exige.
En nuestras ciudades hemos pavimentado terrenos que antes absorbían agua, acelerado escurrimientos y urbanizado lugares riesgosos. En el piedemonte, los incendios pueden agravar esa vulnerabilidad al destruir la cubierta vegetal. Cuando las redes resultan insuficientes, las calles se convierten en canales. La amenaza alcanza incluso a barrios de altos ingresos; donde la urbanización es más precaria, las consecuencias pueden ser peores.
El problema de un plan de aguas lluvias de hace dos décadas no se mide solamente en años. Importa lo que ocurrió mientras tanto: cuánto creció la ciudad, cuánto suelo perdió su capacidad de absorber y cómo variaron las condiciones climáticas. Si además quedaron obras pendientes, la distancia aumenta. Una buena respuesta a la emergencia deja abierta la pregunta por los años anteriores.
Chile tiene una experiencia que debiera servirnos. Los terremotos nos han enseñado a revisar normas, corregir diseños y mejorar la construcción. Ese aprendizaje se convirtió en exigencias que siguen vigentes cuando dejamos de hablar del último sismo. ¿Por qué no conseguimos hacer lo mismo con incendios e inundaciones? Cada temporada repetimos el diagnóstico, como si fuera la primera.
La ciudad esponja propone recuperar capacidad de retener, infiltrar y aprovechar el agua. Eso supone pensar juntos parques, calles, árboles y obras de drenaje, y mirar las cuencas por encima de los límites comunales. Requiere inversiones de largo plazo. Precisamente por eso, cada postergación nos deja más expuestos.
Durante siglos, nuestras ciudades aprendieron a responder a su clima. Ahora necesitamos actualizar este aprendizaje como lo hicimos con los sismos. Recuperar la normalidad después de limpiar el barro sirve de poco si esa aparente normalidad sigue dejándonos igual de expuestos ante el próximo desastre, que sin duda (eso enseña la evidencia) vendrá.
Por Ricardo Abuauad, decano Campus Creativo UNAB y profesor UC.
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