Por Michel De L´HerbeReaccionar antes de que el mapa se rompa

A mediados de julio, un tren de sistemas frontales golpeó al país desde Atacama hasta Los Lagos, dejando en regiones como Coquimbo y sur de Atacama la sabida postal de caminos cortados, bajadas de quebradas y localidades aisladas. Que las precipitaciones hayan sido de gran magnitud y que lamentemos menos pérdida de vidas que en el trágico 2015 no es necesariamente sinónimo de una mayor preparación; muchas veces responde a factores meramente circunstanciales. La pregunta de fondo sigue abierta: ¿cuánto de esa experiencia logramos transformar en una verdadera cultura de anticipación a nivel nacional?
Los eventos meteorológicos extremos dejaron de ser una anomalía o una amenaza lejana. Episodios de precipitaciones intensas y concentradas en pocas horas se repiten en distintas zonas del país, síntomas visibles de una dinámica ya instalada que pone a prueba nuestra preparación frente a riesgos conocidos. Sin embargo, en Chile aún existe la tendencia a centrarse en el fenómeno meteorológico, midiendo los milímetros de agua o la intensidad del viento, en lugar de proyectar su impacto real sobre las comunidades mediante una aproximación conocida como Impact-Based Forecasting.
Sabemos con días de anticipación cuando se aproxima un temporal. La experiencia geográfica nos enseña que eso se puede traducir en remociones en masa, afectación de rutas e interrupción de servicios. La verdadera anticipación consiste en actuar antes de que el mapa se rompa, movilizando recursos y ayuda preventiva hacia las zonas de mayor vulnerabilidad. Evidencias como las piscinas decantadoras que contuvieron gran parte del material de los aluviones de agosto en Tocopilla demuestran que, cuando la mitigación y la proyección se planifican con tiempo, estamos frente a inversiones de alto impacto y no solo gasto. Algo que debe ampliarse e incrementarse en todas las fases.
Para consolidar esta cultura de anticipación en todo Chile, es indispensable fortalecer la cadena de protección desde su base territorial. Esto comienza por el entrenamiento y la organización comunitaria, pues frente a la dispersión geográfica y la alta ruralidad que caracteriza a nuestras regiones, la primera respuesta en localidades aisladas recae siempre en los propios vecinos antes de que pueda arribar el auxilio institucional. Fortalecer ese tejido local se conecta de forma directa con la gestión municipal, donde se vuelve prioritario respaldar a los gobiernos locales de todo el país con competencias técnicas y recursos que les permitan actuar con agilidad. La Región de Coquimbo ilustra bien este punto: al menos 10 de sus 15 comunas no contaban con un Plan Comunal para la Reducción del Riesgo de Desastres al momento del temporal. Sin esa planificación desde la base, la respuesta termina dependiendo de la improvisación en el lugar donde se vive la emergencia cara a cara.
Esta capacidad de respuesta en el territorio requiere, a su vez, una red de comunicaciones robusta que proteja a las comunidades. El gran aprendizaje en este ámbito es que la resistencia y resiliencia de un buen sistema de comunicaciones masivo dependen de manera importante de la redundancia y de la integración de plataformas complementarias para el envío de alertas en situaciones de emergencia y avisos de evacuación. La radio local, la televisión abierta y las nuevas tecnologías deben funcionar como un solo ecosistema. Un ejemplo fue la conectividad satelital directa al celular que Entel habilitó durante el temporal, la primera aplicación de este tipo en una emergencia en el país, que permitió enviar SMS desde zonas sin cobertura móvil. La Región de Coquimbo concentró el 68% del tráfico satelital el día de mayor demanda, con La Serena, Ovalle e Illapel entre las comunas con más actividad, y el promedio diario de mensajes creció más de 520% desde el inicio de la emergencia. Es precisamente el tipo de redundancia que permite que una comunidad aislada no quede incomunicada cuando la red tradicional se ve afectada.
Anticiparse es más que leer un informe meteorológico. El desafío de Chile es dar el paso definitivo desde el análisis del fenómeno hacia la gestión preventiva de sus efectos en las personas. Seguir tratando cada temporal como una sorpresa ya no es un error de diagnóstico, sino una falta de anticipación que el país no se puede permitir. No podemos evitar que la naturaleza vuelva a golpear, pero sí podemos decidir qué tan preparados nos va a encontrar.
Por Michel De L’Herbe, consultor en Emergency Management.
COMENTARIOS
Para comentar este artículo debes ser suscriptor.
Lo Último
Lo más leído
Algunos leen, otros se informan. Aprovecha esta oferta única.
Plan Digital+$4.120 al mes, de aquí hasta fin de año SUSCRÍBETE















