Por Gonzalo BlumelReparar lo que se rompió

La aprobación en el Senado de la Ley de Reconstrucción es una muy buena noticia. No sólo por las medidas que contiene —muchas de ellas valiosas para impulsar la inversión, el empleo y financiar, además, la reconstrucción de Valparaíso y Biobío—, sino porque vuelve a instalar en el centro del debate público un tema que parecía relegado: el crecimiento económico.
No es un asunto menor. Robert Lucas, premio Nobel de Economía, decía que cuando uno empieza a pensar en el crecimiento, es difícil pensar en otra cosa. Tenía razón. Pocas cosas influyen tanto en el destino de un país. Cuando una economía crece sostenidamente hay mayor bienestar, se fortalecen las políticas sociales, se protege mejor el medioambiente y disminuyen los niveles de conflictividad. Hasta el fútbol parece acompañar a las economías exitosas (Argentina es la excepción a la regla, aunque casi todas sus figuras juegan en las ligas más ricas del mundo).
Por eso es tan importante que el crecimiento haya vuelto a la conversación. Durante demasiado tiempo actuamos como si fuese algo secundario que funcionaba con piloto automático. Y fue precisamente ahí donde comenzaron nuestros problemas. Como ha dicho el economista Sergio Urzúa, algo se rompió en la economía chilena.
El crecimiento cayó a menos de la mitad; la inversión se estancó, los salarios perdieron fuerza y el desempleo terminó instalándose como un problema crónico. Es cierto: hubo shocks externos, estallido y pandemia. Pero también hubo malas decisiones. Nos preocupamos más de distribuir que de producir. Y perdimos de vista que el crecimiento no es una consecuencia inevitable del desarrollo, sino una condición para alcanzarlo.
La Ley de Reconstrucción es un buen avance. Pero sería un error pensar que basta con aprobarla para resolver problemas que llevan años acumulándose. Materializar una inversión sigue siendo un proceso lento y burocrático. Desarrollar grandes proyectos puede tomar más de una década entre permisos, autorizaciones y litigios. Al mismo tiempo, hemos incrementado sostenidamente los costos laborales mediante reformas bien inspiradas, pero sin avances equivalentes en productividad. El resultado es una economía que crea menos empleo del que necesita, especialmente para mujeres y jóvenes.
Pero el desafío más importante es otro: Chile necesita un nuevo consenso en torno al crecimiento económico. Durante años se instaló la idea de que producir cobre, litio o salmones era “extractivismo” de escaso valor agregado. Esa caricatura desconoce la extraordinaria complejidad de nuestra economía. Detrás de una tonelada de cobre exportado hay agua desalada que se bombea cientos de kilómetros a miles de metros de altura; parques solares y eólicos en pleno desierto; maquinaria pesada capaz de mover cientos de toneladas de roca cada hora; cadenas logísticas de clase mundial y miles de trabajadores altamente calificados. Eso es innovación. Eso es valor agregado. Así competimos con éxito en los mercados más exigentes del mundo.
Volver a crecer exige más reformas. Pero, sobre todo, exige volver a creer que crecer vale la pena. Que no es bandera de un determinado sector político, sino algo que nos compromete a todos, porque permite construir una sociedad con más oportunidades y mayor movilidad social.
La Ley de Reconstrucción puede marcar el inicio de ese cambio de rumbo. Ojalá también sea el comienzo de algo más importante: recuperar la convicción de que el progreso no ocurre por inercia o por accidente. Hay que construirlo, cuidarlo y convertirlo en una causa país.
Porque el crecimiento económico no es una obsesión tecnocrática ni un fin en sí mismo. Es una cuestión profundamente humana. Es lo que hace posible la gran promesa de Chile: que cada generación viva mejor que la anterior. Reparar lo que se rompió consiste, precisamente, en hacer posible esa promesa otra vez.
Por Gonzalo Blumel, Horizontal.
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