Por Franco MascayanoCrisis de la salud mental

La crisis de la salud mental ocupa un lugar central en el debate público y con justa razón: la evidencia sobre el aumento de síntomas ansiosos, depresivos y fenómenos como el suicidio es consistente. Al intentar explicar sus causas solemos reconocer procesos colectivos: la pandemia, la precariedad laboral, la digitalización acelerada y la desigualdad estructural. Sin embargo, al proponer soluciones, el registro cambia drásticamente.
Al buscar salidas, predominan respuestas individuales: psicoterapia, fármacos, aplicaciones de bienestar o llamados a la resiliencia. El desajuste es evidente: describimos un fenómeno estructural, pero respondemos con intervenciones individuales.
Este descalce tiene consecuencias profundas. Si el sufrimiento psíquico emerge, en gran medida, de las condiciones de vida y de trabajo, delegar su solución exclusivamente al nivel individual no solo es insuficiente, sino que implica transferir a las personas una responsabilidad que es colectiva. La tradición latinoamericana de la medicina social lo plantea con claridad hace décadas: los problemas de salud mental no se distribuyen aleatoriamente; siguen el mapa de la desigualdad y se concentran donde hay empleo precario, hacinamiento, discriminación y violencia. El malestar tiene dirección.
La escena es conocida en nuestros servicios de salud. Una persona joven se recupera de un problema de salud mental: cumple su tratamiento, asiste a los controles y se estabiliza. Pero al buscar trabajo el estigma del diagnóstico tiene un peso.
El abordaje desde la determinación social busca ampliar la perspectiva. Al igual que las causas, las soluciones exceden al sector salud e involucran áreas críticas, como el trabajo, la vivienda y la educación. No se trata de reemplazar los tratamientos clínicos —que son necesarios y valiosos—, sino de dejar de exigirles que resuelvan por sí solos aquello que la estructura social produce sistemáticamente. La pregunta de fondo, entonces, no es solo cómo tratar el sufrimiento psíquico, sino qué condiciones sociales estamos dispuestos a transformar para mejorar el bienestar.
Por Franco Mascayano, director de CIADES.
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