Por Daniel MatamalaSimulacro

En el libro “Regime Change”, de Maggie Haberman y Jonathan Swan, se describe el casting con que Donald Trump diseñó su gabinete. El 11 de noviembre de 2024, en los salones de su club Mar-a-Lago, se instalaron ocho televisores. En ellos se veía una foto de los candidatos, algunos titulares de sus biografías, y links de sus apariciones en televisión.
Junto a algunas figuras de confianza, Trump iba pasando revista a los postulantes. Una de las cartas para dirigir la CIA era el exparlamentario John Ratcliffe. “Este tipo parece Cary Grant”, dijo, admirado ante su imagen, Trump. “Parece sacado de un casting. Si quisieras elegir a un tipo para el rol de director de la CIA, lo elegirías a él”.
Ratcliffe se quedó con el cargo.
Luego llegó el turno de elegir al ministro de Defensa. Pete Hegseth, un comentarista de Fox News con problemas de alcoholismo y cero experiencia ejecutiva, fue el elegido.
“Nadie nunca se ha visto tan bien en cámara como este tipo”, zanjó Trump.
Y así siguieron con el resto de los candidatos, como el exasesor de seguridad nacional Robert O’Brien (“es una belleza”) o el futuro ministro de Salud Robert Kennedy (“es una estrella”).
El ejemplo es extremo, pero ilustra una tendencia de nuestra época: el reemplazo de las características propias de un político competente por el simulacro de ellas.
Muchos políticos ya no aspiran a hacer política (a ejercer con conocimiento el poder, a convertir las aspiraciones ciudadanas en políticas públicas efectivas), sino simplemente a simular que lo hacen.
Y para escenificar este simulacro, los protagonistas deben llenar un casting: ya no se busca al mejor director de la CIA, sino a quien, en un casting de Hollywood, parecería ser el mejor director.
Recordé esa escena a raíz de la entrevista en que Mara Sedini, la fugaz exsecretaria general de Gobierno, relató una conversación con el poderoso asesor del Segundo Piso Alejandro Irarrázaval.
“Este es el gobierno de los fomes, nos vestimos fome, hablamos fome, respondemos fome”, le habría dicho Irarrázaval. “Entonces, ¿qué estoy haciendo yo aquí?”, habría contestado Sedini. “¿Eres actriz? Entonces actúa”, habría sido la respuesta.
“Entonces actúa”. Simula que puedes ejercer un cargo que, nosotros sabemos, no está dentro de tus competencias.
Por cierto, el resto del equipo político de Kast no fue elegido en un casting. Interior, Hacienda, Presidencia, Relaciones Exteriores, Defensa, es un interminable desfile de hombres fomes, de quienes se creía que podían efectivamente hacer su trabajo: liderar el equipo económico, llevar la relación con el Congreso, etcétera.
En cambio, la única mujer del equipo político no fue elegida para conducir la política comunicacional del gobierno, sino para simularla: para actuar como si lo hiciera, mientras otros hombres, desde el Segundo Piso, realmente tomaban las decisiones.
Después de que Sedini animara el cierre de campaña en Movistar Arena, en el equipo de Kast se ufanaban de que “encontramos a nuestra Camila Vallejo”. Lo repetían como quien hubiera clavado la rueda de la fortuna. Lo insólito, claro, es que no podría haber un contraste mayor entre ambas figuras.
Si Vallejo fue una vocera exitosa fue porque realmente lideraba la política comunicacional; porque tenía más de una década de experiencia en la primera fila política, que le había dado densidad ideológica, conocimiento de los temas y un peso político propio.
Sedini era el completo opuesto. No tenía nada: ni trayectoria, ni experiencia, ni conocimiento alguno de políticas públicas, menos aún peso político. Pero los dirigentes del equipo de transición no veían nada de eso; creían que el éxito de una secretaria general de Gobierno estribaba en ser mujer, joven y telegénica.
En tener buen casting.
Así describió Sedini, en esa entrevista, su supuesto currículum para el cargo: “Todo lo que yo fui y todo lo que construí con mis ideas, con la batalla cultural que yo di, la forma en la que yo estuve en la campaña, me subí al escenario del Movistar, canté, animé”.
Y esto solo aplicaba para la única mujer del equipo político, no para ninguno de los hombres fomes. Para elegir hombres, head hunters. Para elegir a la única mujer (porque alguna mujer hay que poner, claro), casting.
Eso lo dice todo sobre cómo ven los hombres fomes el rol de las mujeres en el mundo del poder.
Sedini llegó y se fue del gobierno escenificando ese simulacro. La entrevista en que reapareció fue triste porque demostró que sigue sin darse cuenta de por qué fracasó tan rotundamente. Les echa la culpa a todos (a los fomes de La Moneda, a los dirigentes de Renovación Nacional, hasta a Kramer por haberla imitado), menos a sí misma.
Una exvocera que era incapaz de hablar por cinco minutos sin cometer algún horror verbal o gramatical, que se quedaba en blanco ante las preguntas, que se escapaba literalmente corriendo de la prensa, que ignoraba materias que se aprenden en educación básica, como la soberanía del Estrecho de Magallanes, pero cuya única autocrítica es que “no fui absolutamente auténtica en el cargo”.
Una exvocera que comete un error garrafal al decir que Galvarino Apablaza estaba condenado y que lo justifica diciendo que “Presidencia me entregó un papel con la respuesta”.
Sedini parece desconcertada, y tiene razón en estarlo. La verdad es que la política chilena está repleta de simuladores de políticos, cuyo único mérito es repetir como loros en Twitter papelitos que alguien les escribe, gritar obviedades en los matinales, hablar golpeado para TikTok, o grabarse “destrozando” a rivales en YouTube.
El Congreso está lleno de sujetos que no hacen trabajo legislativo alguno ni saben nada de políticas públicas, pero sí son maestros en grabarse a sí mismos haciendo un show con voz indignada, para luego votar materias que desconocen siguiendo el papelito con instrucciones que algún verdadero político les da.
Estos simuladores de la política gozan de excelente salud. El Congreso les permite seguir haciendo sus pantomimas, mientras nosotros les financiamos su payaseo con decenas de millones de pesos mensuales en dietas, gastos y pago de supuestos asesores.
Sedini habría pasado piola en un Congreso del que los ciudadanos ya no esperan nada más que circo. Su error fue haber aceptado un cargo expuesto a escrutinio, al que todavía la gente le exige un mínimo estándar.
Y entonces, su torpe simulacro quedó al descubierto.
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