Por Carolina MelcherFiestas patrias, comida y culpa
¿Quién no ha dicho alguna vez “este fin de semana me como todo, total el lunes empiezo la dieta”? Esto se conoce como el “síndrome de la última cena”, un patrón que en Fiestas Patrias aparece con fuerza y puede terminar alterando nuestra relación con la comida.

Antes de especializarme en Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA), cuando todavía tenía un enfoque más tradicional, veía lo mismo todos los años después del 18. Llegaban pacientes nuevas diciéndome que habían comido de todo durante las celebraciones, que necesitaban “desintoxicarse”, bajar lo que habían subido y que ya se habían inscrito en el gimnasio para empezar con la “operación verano”. Como si disfrutar durante esos días fuera un desorden que había que corregir apenas terminaran las Fiestas Patrias.
Han pasado los años y el patrón sigue igual. Cada septiembre aparecen los mismos consejos para “cuidarse” en Fiestas Patrias: cuántas calorías tiene un choripán, qué comer o no en un asado, cuántos pies de cueca hay que bailar para quemar lo comido y un largo etcétera.
Por un lado, nos dicen que disfrutemos y celebremos, pero al mismo tiempo nos advierten que tengamos cuidado con lo que comemos para no subir de peso. Entonces aparecen las empanadas integrales, el mote “fit”, el asado “saludable” y un montón de versiones pensadas para comer con menos culpa. Si alguien las prefiere porque le gustan o por alguna razón médica, perfecto. El tema es cuando dejamos de comer algo que disfrutamos o sentimos que tenemos que modificarlo solo por miedo a engordar.
En consulta también he visto personas que sienten que tienen que comer todo lo que puedan porque justo después comenzarán una dieta. ¿Quién no ha dicho alguna vez “este fin de semana me como todo, total el lunes empiezo la dieta”? Esto se conoce como el “síndrome de la última cena”. Cuando sabemos que pronto ciertos alimentos dejarán de estar permitidos, puede aparecer una urgencia por comerlos antes de que llegue la restricción.
No es lo mismo comer un anticucho sabiendo que puedo volver a comerlo cuando quiera que hacerlo pensando que en cuatro días estará prohibido. Ahí aparece el “ya fue”. Comí algo que no debía, así que da lo mismo seguir comiendo aunque ya no tenga hambre. Total, desde el lunes se arregla todo. Es el mismo todo o nada de siempre, seguir la dieta a la perfección sin comer ningún alimento “prohibido” o sentir que ya la arruiné, y si ya la arruiné, ¿para qué parar ahora?
Por eso es común que terminemos comiendo mucho más de lo que el cuerpo pedía y que después aparezcan la incomodidad física y la culpa. Y con la culpa muchas veces viene la compensación, como saltarse comidas, hacer ejercicio de más, tomarse un jugo “detox” el 20 en la mañana o inscribirse en un gimnasio apenas terminan las celebraciones.
¿Se acuerdan que hace años nos dijeron que podía venir un mega terremoto y se popularizó la frase “junten agua” porque podíamos quedarnos sin servicios básicos? La gente corrió a los supermercados y vació las estanterías para prepararse para una escasez que finalmente nunca llegó. Con la comida puede pasar algo parecido. Si pensamos que después del 18 ciertos alimentos estarán prohibidos, es bastante esperable que aparezca la urgencia por comerlos mientras todavía “se puede”.
La idea es no llegar al 18 despidiéndonos de la comida ni terminar las celebraciones pensando que tenemos que compensar lo que comimos. Las empanadas, los anticuchos y el mote con huesillo van a seguir existiendo después de Fiestas Patrias. Podemos comer un choripán en octubre, hacer un asado en noviembre y seguir comiendo como lo hacemos habitualmente, sin tener que “aprovechar” ahora ni compensar después. Si después del 18 no empieza la prohibición, tampoco necesitamos vivir estos días como si fueran nuestra última oportunidad para comer.
Y justamente esto es lo que quiero rescatar. Alimentarnos va mucho más allá de cubrir necesidades nutricionales porque la comida también forma parte de nuestras celebraciones, recuerdos, vínculos y cultura. Disfrutar de todo eso no es un desorden que tengamos que corregir después. Porque esos alimentos que algunos llaman “calorías vacías” también pueden estar llenos de amor, recuerdos y felicidad.
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