Por Guillermo TurnerViva la libertad
Mejor sería partir de la base de que las personas tienen derecho a elegir y que son lo suficientemente racionales como para tomar sus decisiones. Luego, frente a la posibilidad de que haya cotizantes que no se interesan, no saben o no quieren elegir, el sistema les ofreciera la opción de los fondos generacionales. Pero dejando libre a quien quiera tomar sus decisiones.
La anécdota ocurrió hace unos siete años, cuando nuestro país iniciaba esa travesía que nos llevó por movilizaciones, procesos constituyentes, plebiscitos, pandemia y rechazos. Caminaba por Teatinos con destino al Metro La Moneda, cuando un simpatizante de “No + AFP”, que participaba de una manifestación frente al Ministerio de Hacienda, interrumpió mi paso para plantearme su oposición al sistema previsional vigente. Le respondí amablemente que yo era partidario del modelo de capitalización individual porque me permitía elegir la administración de mis recursos, además de garantizar su resguardo frente a los apetitos estatistas.
Acto seguido me calificó de cuico de m… y yo le señalé que su contraargumento, aunque opinable, no guardaba relación con el asunto en discusión. Y ese fue el fin de un intercambio que no merece mayor relevancia, pero que traigo a colación porque: 1) hasta el momento, las bases del sistema de capitalización individual siguen siendo las mismas: la posibilidad de elegir la administración y fondo de los ahorros, así como la garantía de que esa plata pertenece a cada ahorrante, no se toca y está muy segura en cada AFP, tal como quedó demostrado cuando las personas solicitaron sus retiros y el sistema respondió de forma impecable; 2) porque a partir del próximo año los cotizantes no podremos elegir el fondo en el cual queremos invertir nuestros ahorros y pasaremos a una asignación automática por edad, y 3) porque los mismos representantes de “No + AFP” llamaban a cambiarse al fondo E como una demostración de rebeldía y para “refugiarse de los vaivenes bursátiles”.
Esa convocatoria dejó de ser anecdótica a partir de los negativos resultados que todos hemos conocido del famoso fondo E, el cual estaba llamado a constituir el refugio de los ahorrantes, especialmente en la crítica etapa previa a la jubilación.
En mi caso, he optado siempre por el fondo A y los resultados han cumplido con las expectativas. Mientras a septiembre de 2026 acumula en promedio un retorno de casi 9%, esa rentabilidad supera el 12% si el análisis se amplía a los últimos 36 meses. No está nada mal. De hecho, el 76% de toda mi cuenta de ahorro obligatorio proviene de ganancias por rentabilidad.
No presté atención al llamado de “No + AFP” ni tampoco a las recomendaciones de Felices y Forrados. Solo opté por lo lógico: las inversiones más riesgosas pueden tener mayor variabilidad en el corto plazo, pero tienden a recuperarse rápido y ofrecen mejor retorno en horizontes de largo plazo, como ocurre con el ahorro previsional.
No pasa lo mismo con las alternativas de inversión más conservadoras: sus fluctuaciones son menos dramáticas, pero suelen tardar tiempo en recuperarse. Tener esto en cuenta es relevante cuando se aborda la caída sobre el 10% que acumula el fondo E, el más seguro, el llamado a cobijar los ahorros de las personas próximas a la jubilación.
Los dardos apuntan a las AFP y su decisión de invertir en derivados de tasas de interés internacionales. Todo indica que se entusiasmaron con el cerca de 8% de rentabilidad obtenido en 2025 y, sumado al clásico efecto manada, siguieron la misma estrategia hasta que se toparon con la fuerte alza de tasas y el llamado del regulador a reducir la exposición en estos contratos de swap. Equivocarse es humano; insistir es de porfiado.
Pero no es el objetivo de esta columna entrar en el debate financiero. Eso se lo dejamos a los especialistas (y, por favor, no a los diputados y sus comisiones investigadoras). La idea es otra: llamar la atención sobre la imposibilidad que se nos viene de elegir el fondo donde serán invertidos los ahorros individuales, por la simple razón de que políticos y tecnócratas decidieron que usted y yo no sabemos tomar las decisiones más adecuadas para nuestro futuro.
Suena parecido a la crítica que se escuchó cuando Petorca votó en contra del proyecto de Constitución o porque los “fachos pobres” le dieron su respaldo a Kast. Subyace esa idea que tienen algunos de que las personas caen muy fácilmente en el juego de los bots, no entienden lo que leen o, simplemente, se venden al mejor postor. En otras palabras, que no saben elegir.
Mejor sería partir de la base de que las personas tienen derecho a elegir y que son lo suficientemente racionales como para tomar sus decisiones. Luego, frente a la posibilidad de que haya cotizantes que no se interesan, no saben o no quieren elegir, el sistema les ofreciera la opción de los fondos generacionales. Pero dejando libre a quien quiera tomar sus decisiones. Eso, de paso, entregaría a los ahorrantes una herramienta para reducir pérdidas en caso de contumacia de su administradora con instrumentos de supuesto bajo riesgo, pero que en la práctica no lo son.
Es cierto que los fondos generacionales para personas de mayor edad serán más estrictos en las opciones de riesgo, como también es correcto que el bolsillo de las administradoras sufrirá más con las rentabilidades negativas (versus el actual encaje). Pero todo eso puede perfectamente convivir con ese elemento esencial del mercado como es la libertad de elegir.
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