Paula

Clean eating: el riesgo de obsesionarse con la comida “saludable”

El problema es que, cuando la alimentación se plantea en términos de pureza y contaminación, la comida deja de ser solo comida. Se convierte en un territorio moral donde hay alimentos “correctos” y alimentos “equivocados”, dietas “limpias” y dietas “sucias”.

“El autismo está aumentando porque ahora comemos demasiados alimentos procesados”. Esta frase me la dijo una conductora de Uber hace unos días, con total seguridad. No es la primera vez que escucho algo así, y probablemente tampoco será la última.

Intenté responder con calma a su afirmación. Le comenté que las neurodivergencias tienen explicaciones mucho más complejas que la comida: cambios en los criterios diagnósticos, mayor acceso a evaluación, factores genéticos y una mejor comprensión científica. La conversación terminó cuando llegué a mi casa, y confieso que lo agradecí.

No es la primera vez que escucho algo así. Y aunque el tema de las neurodivergencias merece una columna propia, esa conversación me dejó pensando en otro fenómeno cada vez más extendido: la idea de que la salud depende de comer “limpio”.

El llamado clean eating propone, en términos simples, una alimentación basada en alimentos lo menos procesados posible: verduras, frutas, legumbres y productos naturales. Hasta ahí, nada particularmente controversial. Promover el consumo de vegetales o reducir los ultraprocesados puede formar parte de múltiples enfoques nutricionales.

El problema aparece cuando esa recomendación se transforma en una filosofía moral sobre la comida.

En el mundo del clean eating es común encontrar afirmaciones sobre alimentos “depurativos”, “alcalinizantes” o “energéticamente superiores”. Se promueve el consumo de alimentos crudos o “vivos”, se desconfía de los productos procesados y se advierte sobre los supuestos peligros de la comida moderna.

La narrativa es seductora: si comes lo suficientemente “limpio”, tu cuerpo funcionará mejor, bajará de peso y tu salud estará protegida.

El problema es que, cuando la alimentación se plantea en términos de pureza y contaminación, la comida deja de ser solo comida. Se convierte en un territorio moral donde hay alimentos “correctos” y alimentos “equivocados”, dietas “limpias” y dietas “sucias”.

Y esa lógica no es inocua. En la consulta clínica es cada vez más frecuente ver personas que viven la alimentación con ansiedad, culpa y miedo: miedo a los alimentos procesados, miedo a “contaminar” la dieta, miedo a perder el control si comen algo fuera de las reglas que se han impuesto.

Lo que comienza como un intento por “comer más sano” puede terminar derivando en patrones rígidos y obsesivos que la literatura describe como ortorexia: una preocupación patológica por comer de forma supuestamente correcta, caracterizada por dietas cada vez más restrictivas, rituales alimentarios y evitación extrema de alimentos considerados impuros.

Aunque la ortorexia aún no está reconocida como diagnóstico formal en los manuales psiquiátricos, existe muchísima evidencia que sugiere que estas conductas pueden asociarse a restricción alimentaria, deterioro de la calidad de vida y mayor riesgo de trastornos de la conducta alimentaria.

Paradójicamente, el intento de cuidar la salud puede terminar deteriorando la relación con la comida.

Y no es un detalle menor. La relación con la alimentación es un componente importante del bienestar psicológico. Cuando comer se convierte en un proyecto permanente de perfección —donde cada alimento debe ser evaluado, clasificado y vigilado— el espacio para el placer, la flexibilidad y la vida cotidiana se reduce.

A esto se suma otro problema: muchas de las afirmaciones que circulan en el mundo del clean eating tienen poco respaldo científico. El cuerpo humano no necesita dietas “detox” para eliminar toxinas —para eso existen órganos como el hígado y los riñones— ni hay evidencia sólida de que la clorofila “alcalinice” el organismo o de que los alimentos crudos sean nutricionalmente superiores.

Sin embargo, estas ideas prosperan porque ofrecen algo muy seductor: la promesa de control.

En una cultura donde la salud suele presentarse como una responsabilidad individual absoluta, la alimentación se transforma en una especie de seguro moral. Si comes lo suficientemente “limpio”, todo debería estar bien.

La realidad, sin embargo, es mucho más compleja. La salud no depende de la pureza de los alimentos ni de eliminar cualquier rastro de procesamiento en la dieta. Depende de múltiples factores: sociales, genéticos, ambientales y emocionales. Y también depende de algo que muchas veces queda fuera de la conversación nutricional: la relación que tenemos con la comida.

Porque una alimentación saludable no debería vivirse desde el miedo ni desde la vigilancia permanente. Comer no debería sentirse como aprobar un examen moral todos los días.

A veces, la señal más clara de una relación sana con la comida es algo mucho más simple y mucho más humano: poder comer sin culpa.

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