Hablemos de amor: Cuando el amor no responde
"En una ciudad que vive conectada, el silencio emocional se ha vuelto una forma habitual –y confusa– de vincularnos", dice el autor de esta columna.

Hay algo en las luces de Santiago que nos hace creer que todo es posible. Que el amor puede aparecer en cualquier momento: en un café del centro, en una conversación que se alarga más de la cuenta o en un mensaje de texto con tres puntos suspensivos flotando, prometiendo una respuesta que nunca llega.
Vivimos en una ciudad donde todo avanza rápido, pero las respuestas emocionales parecen ir a otro ritmo. Esperar una declaración de amor en Santiago es como tratar de encontrar Wifi en el metro: puede ocurrir, pero casi nunca cuando más se necesita.
Lo he visto de cerca. Una noche en Bellavista, mi amiga Martina me confesó que le había dicho “te quiero” a alguien y que la respuesta fue un abrazo. Nada más. Ninguna frase aclaratoria. Ninguna confirmación. Solo un gesto ambiguo, tan cariñoso como evasivo.
Martina no es un caso aislado. Hay una generación completa aprendiendo a leer silencios como si fueran jeroglíficos emocionales. Tomás, diseñador gráfico de 34 años, me contó que después de su tercera cita decidió sincerarse. Le escribió que estaba empezando a enamorarse. Dos días después recibió una respuesta breve y correcta: “gracias por compartir eso”.
La pregunta no es si la frase es educada. Lo es. La pregunta es qué lugar ocupa hoy la emocionalidad en una ciudad que ha aprendido hoy a no incomodarse. ¿Es esa frase una forma elegante de decir “no siento lo mismo”? ¿O solo una manera de postergar una conversación que nadie quiere tener?
Pero el silencio no siempre es desinterés. Genoveva, administradora y convencida de que el tiempo también es una forma de cuidado, se quedó muda cuando le pidieron formalizar una relación. No dijo que no, pero tampoco dijo que sí. Pasaron dos meses de conversaciones cortas, encuentros tensos y una espera incómoda. Hasta que una mañana camino al trabajo, respondió con un mensaje simple: “sí, quiero estar contigo. Solo necesitaba tiempo”.
En su caso, el silencio no fue abandono, sino un proceso. El problema es que en Santiago nadie sabe distinguir el uno del otro.
La espera en esta ciudad se siente más pesada porque mientras uno mira el celular, el resto parece avanzar. Parejas en el cerro San Cristóbal, aniversarios publicados en redes sociales. Y uno, detenido en pausa, preguntándose si debería escribir de nuevo o simplemente asumir la respuesta implícita.
Tal vez la pregunta no es cuándo llegará el mensaje, sino que hacemos mientras tanto. Porque en Santiago quedarse quieto no es una opción. Hay calles que caminar, almuerzos pendientes y versiones de uno mismo que aún no conocemos.
Quizá el verdadero romance no está en el “yo también”, sino en la capacidad de seguir adelante incluso cuando el otro no responde. Y mientras tanto, la ciudad sigue brillando. Porque incluso mientras alguien guarda silencio. La ciudad siempre dice algo.
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