Hablemos de amor: el amor no siempre llega haciendo ruido
Cuando Natalia pensaba que ya conocía todas las formas en que el amor podía manifestarse, una historia inesperada le recordó que un buen amor no necesita grandes gestos, sino la tranquilidad de saber que cuentas con el otro.

A punto de cumplir 40 años, pensaba que ya conocía muchas de las formas en que el amor podía llegar a una persona. Había vivido la intensidad de los comienzos, las despedidas que duelen, los aprendizajes que dejan algunas historias y también la experiencia de convertirme en mamá. Una maternidad que en su comienzo viví muy sola, pero hermosa, desafiante y profundamente transformadora, que me enseñó a sacar fuerzas de lugares que ni siquiera sabía que existían.
Por eso, jamás imaginé que una nueva historia de amor comenzaría en un lugar tan cotidiano como el trabajo. Con Fede compartíamos jornadas de grabación, reuniones, actividades y conversaciones que fueron apareciendo de manera natural. Él conocía mi historia desde el principio, sabía que mi vida giraba en torno a una pequeña niña que ocupaba todo mi corazón, y que gran parte de mis decisiones estaban marcadas por ella.
Uno de los primeros espacios donde comenzamos a acercarnos fue durante el almuerzo. Mientras muchos optaban por el menú tradicional, nosotros aparecíamos con preparaciones llenas de verduras, ingredientes poco comunes y recetas que parecían más propias de una conversación de nutricionistas que de una periodista y un audiovisual. Nos reíamos, compartíamos datos, comentábamos la vida y, sin darnos cuenta, empezamos a esperar esos momentos.
Hasta que llegó un matrimonio. Lo invité casi sin pensar demasiado y, mirando hacia atrás, creo que esa noche cambió muchas cosas. Hay momentos que no necesitan grandes declaraciones, basta una conversación más larga, una mirada distinta o la sensación inesperada de estar exactamente donde quieres estar.
Después vinieron las salidas, las conversaciones interminables y el descubrimiento de algo que ninguno de los dos estaba buscando, pero que ambos estábamos listos para recibir.
Con el tiempo entendí que el amor, al menos para mí, ya no tenía que ver con fuegos artificiales, tenía más relación con la tranquilidad y con la certeza de saber que hay alguien dispuesto a quedarse. Alguien que celebra tus alegrías como propias, que te acompaña en los días difíciles y que también abraza a las personas que más amas.
Hoy esperamos la llegada de nuestro bebé y estoy viviendo una maternidad completamente distinta. No porque ame más o menos que antes, sino porque esta vez camino acompañada. Porque hay alguien que comparte los miedos, las ilusiones, las decisiones y la emoción de imaginar la vida que viene.
A veces hablamos del amor como si fuera algo extraordinario, cuando en realidad suele esconderse en los detalles más simples: una conversación durante el almuerzo, una invitación inesperada a un matrimonio, una mano que se ofrece para acompañarte o la tranquilidad de sentir que ya no tienes que hacerlo todo sola.
Si algo me ha enseñado esta historia es que el amor no siempre llega haciendo ruido. A veces aparece silenciosamente, ocupa un espacio pequeño en tu rutina y, cuando menos lo esperas, termina convirtiéndose en hogar.
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