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La historia secreta de revista Fibra

Con una singular presencia todavía vigente en persas y librerías de segunda mano, Fibra –la revista institucional de Telefónica de principios de los 2000– invita a asomarse a una ventana de lo que cierto Chile soñaba ser hace 20 años: conectado, culto y, sobre todo, bien narrado y diseñado. Esto recuerdan hoy -ahora que Movistar anunció su retiro del país-, quienes dieron vida a esas páginas.

La historia secreta de revista Fibra. Foto Pablo Vásquez / Paula Pablo Vásquez R.

Ocurrió en un Chile que ya no existe, proveniente de una época que ahora parece hecha de pura ciencia ficción, de cuando el sonido del módem telefónico, ese ábrete sésamo de la incipiente era digital chilena, era la banda sonora de la tarde.

A principios de la década del 2000, la promesa del futuro llegaba, paradójicamente, en papel couché. Mucho antes que el “branded content” fuera una palabra de moda en las agencias de publicidad, Telefónica CTC Chile (hoy Movistar) lanzó al mercado un experimento editorial que, visto en retrospectiva, parece una anomalía del sistema.

Era una revista de gramaje generoso para soportar altas cargas de tinta y fotos de calidad, acaso un magazine del tipo coffee-table de cien páginas, pero el proyecto era mucho más que solo un gran diseño.

Lo que debería haber sido un simple folleto corporativo para vender planes de Larga Distancia, terminó convirtiéndose -gracias a una billetera abultada y una libertad editorial inusual- en una de las publicaciones culturales más interesantes, cosmopolitas y tal vez añoradas de la transición chilena: la revista Fibra.

Revista Fibra Foto Pablo Vásquez Pablo Vásquez R.

Un “dream team” editorial

La premisa era simple: la revista llegaba gratis a los hogares de los clientes “premium” de la compañía y se vendía en kioscos para el resto de los mortales. Pero incluso hoy los números tienen una nueva vida en ferias chilenas vendidos como objetos de segunda mano a públicos para los que no fue concebida.

Bajo la dirección editorial de figuras como el fallecido periodista Guillermo Hidalgo, la editora Andrea Palet y los escritores Roberto Merino y Rafael Gumucio, y la colaboración de nombres capitales de las letras latinoamericanas como el mexicano Juan Villoro o el peruano Jaime Bayly, el proyecto no hablaba de cables, sino de lo que los cables transportarían después: cultura, cine, literatura y tendencias globales, pero también mucho ocio, observación y delirio.

Por sus páginas pasaron textos de Álvaro Diaz o Luis Miranda, crónicas urbanas afiladas y entrevistas a íconos pop mundiales que raramente daban la hora a medios sudamericanos (como Camilo Sesto o David Lynch). Fibra tenía la ambición de ser una Wired mezclada con Vanity Fair y The New Yorker, pero editada desde Plaza Italia.

Esto es lo que dicen hoy, a modo de historia oral, sus protagonistas.

Andrea Palet, directora del sello Laurel y primera editora de Fibra: Rafael Gumucio, que hacía asesorías para Telefónica, nos convocó a Piedad Rivadeneira como directora de arte, a mí como editora general, a Guillermo Hidalgo como periodista principal y a Álvaro Díaz, Pedro Peirano y otras personas como asesores creativos para hacer una revista cultural con completa libertad temática y visual.

Rafael Gumucio, escritor y fundador de Fibra: El objetivo era hacer una revista de lujo para los suscriptores de Telefónica. Los suscriptores más exigentes. Hacer una revista que tuviera todo lo mejor. Los mejores fotógrafos, los mejores redactores, las mejores diseñadoras. Y que pudiera hacer lo contrario de lo que se estaba haciendo en el periodismo. Hacer un periodismo narrativo, largo, complejo, con largas entrevistas, con largos textos. Muy bien escrito, generalmente. Ese era el objetivo: hacer una revista que no fuera en ningún sentido mezquina, que le diera al lector lo máximo que pudiera.

Revista Fibra Foto Pablo Vásquez Pablo Vásquez R.

Palet: Era un trabajo de jornada completa para los cargos principales, así que algunos dejamos lo que hacíamos y nos trasladamos a ese edificio horrible en Plaza Italia.

Álvaro Díaz, periodista de Fibra y creador de 31 Minutos: Había muy buenas plumas, escribía Roberto Merino, Gumucio; me acuerdo de un artículo de Sonia Lira de los profesores golpeados por sus alumnos y uno de Marcela Fuentealba de los límites de Santiago que era muy bueno.

Roberto Merino, cronista y editor de Fibra: Fue un momento de mucho entusiasmo. A mí me pasaba que extrañamente ir a la oficina todos los días era la opción más entretenida que se me presentaba. Siempre uno fantasea que la vida está en otro lado, no en el trabajo, y acá se invirtió esa polaridad. Pasaban más cosas dentro de la revista que afuera. Y esas cosas eran conversaciones, observaciones, risas, pelambres, ideas, había una dinámica permanente de un cierto nivel de agitación mental y eso tenía que ver con el delirio que a veces incurría esta revista.

Christian Ramírez, crítico de cine y colaborador de Fibra: Me llamaba la atención el enfoque, que no era autoral pero sí permitía ir más allá a la hora de presentar una crónica o un reportaje clásico.

Paula Frederick, editora de cultura en Radio Duna y ex practicante de Fibra: Yo estaba en la universidad, tenía 19 o 20 años, y la revista llegaba a la casa de mis papás como suscripción. Yo estaba buscando dónde hacer la práctica, un poco buscando mi destino, como quien dice, ¿no? Y se me apareció y la empecé a leer y me empecé a volver loca, no solamente con lo que leía, que era todo de muchísima calidad, sino que también con la calidad visual y el arrojo. Y dije, yo tengo que trabajar acá. Entonces me inventé una historia y le escribí a Roberto Merino. Le dije, ‘Roberto, hola, soy periodista, estoy haciendo un trabajo sobre Fibra, puedo ir a tu oficina a entrevistarte’. Mi intención era quedarme como practicante. Le hice un par de preguntas y le conté la verdad, quiero hacer la práctica acá porque no hay nada que me haya llamado más la atención que esto y quiero estar aquí. Y me dijo, ‘me gusta tu arrojo, me gusta que hayas venido, tu práctica empieza en marzo’. Y así entré. Siempre quise estar ahí.

Merino: El formato de Fibra consistía en un paralelismo continuo, un lugar para el delirio y al mismo tiempo una responsabilidad periodística editorial. No es que la idea de cualquiera se instalara sin procesar.

Ramírez: Lo que más se me queda son esos comentarios del suelo de las calles que creo que hacía Merino; críticas de patitas de chancho, críticas de vinilos rayados, ese tipo de cosas, el uso del texto como un objeto.

Frederick: Me acuerdo de las entrevistas a Lagos, a Bachelet, a Lavín, que eran muy llamativas porque eran desde una perspectiva absolutamente diferente, desde un lugar que nadie se atrevía a abordar y también acompañadas por excelentes imágenes, fotografías rupturistas. Se les invitaba a jugar con la imagen de ellos mismos.

Revista Fibra Foto Pablo Vásquez R. Pablo Vásquez R.

Díaz: Mi participación fue más bien circunstancial. Hice algunas entrevistas y escribí algunas críticas a cualquier cosa. Críticas a maceteros, árboles, a sombras. Eso era muy entretenido de hacer. Y me tocaron entrevistas bien distintas. Una que salió muy buena fue a Lagos al final de su mandato cuando estaba con aprobación del 78% y lo agarré en Cerro Castillo y nos fuimos a dar una vuelta en helicóptero y terminamos en La Moneda. Desde esa entrevista lo terminé admirando mucho. Era un perfil humano y contó de todo, muy relajado, sin pautas, sin nada. Y otra totalmente fallida a Carla Ochoa, pero que le sacaron unas fotos maravillosas.

Palet: No teníamos objetivos propios ni muchas ilusiones de que durara; estábamos trabajando en una empresa grande y los objetivos y público eran cuestión suya.

Merino: No estuve en las conversaciones previas cuando fue acordada la revista con la empresa. Así que no tengo idea. Pero el público, bueno, el público en principio eran los suscriptores de la Telefónica, si no me equivoco. O bien la gente que tenía cuenta. Llegó primeramente con la cuenta del teléfono. Cuando la revista empezó como a notarse, el problema es que se la robaban también.

Gumucio: Fibra fue un gran proyecto. Yo fui parte de los socios fundadores, con Guillermo Hidalgo y Pato Fernández. Fui de los que diseñó la revista, que inventó el nombre, el equipo. Y fui editor general de dos o tres números. La mitad del tiempo lo viví fuera de Chile, pero seguí siendo responsable de muchas de las páginas editoriales y de muchas de las decisiones que se tomaron ahí.

Palet: Tengo pésimos recuerdos y de hecho renuncié pronto, porque nunca he aguantado el gritoneo y el bullying laboral. Pero como editora viví la fase más entretenida de todas, que es cranear una revista nueva, pensar qué hacer y cómo hacerlo, sobre todo cuando no hay muchas restricciones presupuestarias y tus empleadores te piden que justamente hagas todo lo que nunca has podido hacer porque era demasiado demencial. Fueron meses de eso, y con Peirano, Hidalgo, Díaz, Gumucio y la Piedad las reuniones de pauta eran puro chispas y risas.

Gumucio: Tuvimos todo tipo de apoyos, sobre todo en Telefónica. Pero muchos problemas internos, muchas dificultades para fijar qué queríamos. Este exceso de libertad, a veces el exceso de medios, circunstancialmente nos transformó en un problema. Nos empezamos a confundir y aproblemar.

Merino: Eso correspondía también a cómo funcionaba la revista. Suprimimos con el tiempo las reuniones de pauta. Que tú entenderás que son, claro, una parte importante del trabajo periodístico. Pero las reemplazamos por conversaciones atomizadas. Y luego eso se coordinaba.

Gumucio: En un momento de crisis cuando se fue Andrea Palet tuve que ir a hacerme cargo de la revista un par de meses. Y siempre estuve ahí pendiente de lo que se hacía y lo que no se hacía ahí.

Merino: Entre Gumucio, la Piedad Rivadeneira y yo, teníamos que hacer algo con Ballero, que era rostro de la Telefónica, y era el niño que había triunfado en un reality (Protagonistas de la fama), que estaba en el peak de su fama. Hicimos un manual para dejar de ser famoso paso a paso. Y Ballero se prestó para la talla, ¿cachai? El tipo se fue disfrazando desde este personaje como cúlmine que todo el mundo lo ubicaba, hasta transformarse en un ser totalmente anónimo. Y en una especie de pobre ave.

Palet: Creo que los números en que alcancé a trabajar (los primeros) fueron de lo mejor que se ha hecho en el rubro (ya me aburrí de la modestia fingida), y trabajar con Piedad y Guillermo ha sido una de mis experiencias profesionales más alucinantes, y la última vez que estuve en una redacción como las de antes, con diseñador, fotógrafos, artistas y mucha gente que escribía increíble.

Frederick: Había como siempre la necesidad de ir un poco más allá, nunca nos podíamos quedar en lo superficial o en lo evidente, que no tiene por qué ser malo, pero aquí íbamos un poco más allá. Por ejemplo, recuerdo que me tocó entrevistar a Peter Rock y le hicimos ponerse pañales y colgarse en un arnés con una polera de AC/DC, y accedió muerto de la risa. Me acuerdo de Ítalo Passalacqua vestido de mujer paseándose por Alonso de Córdoba. Había un ánimo bilateral, por así decirlo, mutuo entre entrevistado y periodista de jugar, de reírse de uno mismo, y nadie se ofendía. Un poco lo que pasa ahora, que hay mucho cuidado con todos los temas que se tratan, hay mucho cuidado con lo que se dice, el humor está muy menoscabado porque siempre puede malinterpretarse.

La figura de Guillermo Hidalgo

Merino: La figura de Guillermo Hidalgo es muy importante. Guillermo era un tipo díscolo, difícil. Muy gracioso, muy talentoso. Podía escribir en una especie de trance. Se desdoblaba, digamos, en diversos personajes. Podía escribir textos de cualquier índole. Ahora, era un hombre en fuga también. De repente pasaba, se iba, estaba perseguido por no sé qué sombras propias. Entonces, Guillermo era irregular, tenía altibajos anímicos. Pero fíjate que me resultaba totalmente funcional trabajar con él. Había una zona en la cual uno enganchaba de modo operativo. Podíamos sacar textos imposibles estando cuatro horas conversando sobre otras cosas, con mucha digresión.

Gumucio: Guillermo Hidalgo fue uno de mis amigos más queridos. Fue el editor durante mucho tiempo también. Y fue el corazón de muchos de los proyectos. Nos conocimos en el Clinic. La verdad es que Fibra nació del equipo del Clinic que fue contratado por la Telefónica para hacer esta otra revista. Y Guillermo era la persona menos de una revista de lujo, de papel cuché que pueda haber en el mundo. Pero se adaptó totalmente a ese formato.

Merino: Una vez estábamos con Guillermo en el piso 27 de la Telefónica. Entré a la oficina de Hidalgo y hablaba con Felipe Bianchi, que estaba de visita. Y nos quedamos conversando un rato los tres mirando por la ventana. De repente dije, ‘miren, en esa casa que se ve allá, ahí sucedió uno de los hechos del caso Spiniak’. Y luego empezamos a ver otro lugar. Otro por allá. Y se nos ocurrió hacer un registro del caso Spiniak desde el aire, con fotos aéreas. Una cosa delirante, ¿cachai? Era rara la propuesta, pero funcionaba muy bien visualmente. Y uno se quedaba tratando de analizar en el mapa, en la foto aérea, si la relación mutua entre los lugares producía algún tipo de figura. Ese reportaje nació de una conversación totalmente ociosa en una ventana.

La estética del 2000

Si la Zona de Contacto fue la trinchera de la juventud noventera, Fibra fue la revista de la adultez joven digital. Su diseño era limpio, minimalista, amante de los espacios en blanco y las tipografías sans-serif.

Era el Chile que quería ser moderno. En sus portadas no aparecían necesariamente rostros de la farándula criolla (que por esos años vivía su auge en la TV), sino conceptos: el futuro de la música, la revolución de los blogs, la nueva literatura norteamericana o perfiles profundos a directores de cine como David Lynch o Sofia Coppola.

Había una sección de gadgets que hoy causaría ternura (con reproductores de MP3 de 128 mb o las primeras Palm Pilot), pero que en ese entonces eran tratados como objetos de deseo inalcanzables.

Revista Fibra Foto Pablo Vásquez Pablo Vásquez R.

Ramírez: Cuando me tocó publicar sobre Anna Karina, en vez de ilustrar con una foto lo que hicimos fue sacar una foto a un libro que tenía una foto de Anna Karina. Era una reproducción del libro abierto y era muy bonita la idea. Fibra permitía trabajar formalmente cosas que la prensa de la época incluso en el extranjero no hacía.

Merino: Me parecía adecuada, en Chile era un poco ostentosa, el papel, el peso, era un poco fuera de lugar, pero había visto muchas revistas extranjeras y me parecía que estaba dentro del rango, la materialidad no me llamaba particularmente la atención.

Palet: Todas las decisiones de diseño, formato y producción fueron de Piedad Rivadeneira, a quien conocí en ese trabajo y es una genia. Ella podría haber hecho la revista sola, y posiblemente durante un tiempo fue lo que hizo.

Ramírez: Sobre la materialidad, siempre opiné que la revista era más pesada de lo que debía ser físicamente, encontraba que el papel era muy grueso, me gustaba mucho la diagramación pero era para otro papel.

Gumucio: La revista tenía un diseño maravilloso, muy bueno. Me acuerdo que una vez hicimos un número donde había diez páginas sobre la historia de un árbol de Pascua imaginada por nosotros. Era un lugar de invención absoluta y total.

Frederick: Existía un afán de hacer congeniar el nivel del contenido, la profundidad del contenido con la imagen visual, que era tremendamente importante, bajo la dirección de Piedad Rivadeneira, y que además la materialidad también coincidiera. Es decir, que todo el conjunto de la producción de la revista fuera acorde a lo que quería transmitir, una revista de calidad, profunda, rupturista, hecha para coleccionarse, para perdurar en el tiempo.

Merino: Un día, alguien de la revista llevó unas fotografías negativas a color que había encontrado en un tambor, botadas en un depósito. Y resultaron ser fotos de la antigua revista Ritmo chilena. Y eran tan buenas las fotos, de cantantes en general, que hicimos un especial de revisión de esas fotos en la revista de nosotros. Y los textos eran muy graciosos, la verdad. Hubo un grupo que se llamaba Malibú, que aparecía en el centro como con vestidos de gala. Una foto del año 73, muy bonita. Uno de ellos me escribió un mail y me dijo que habían pensado en reunirse de nuevo, a propósito de este recuerdo que para ellos fue totalmente inesperado.

Díaz: Como revista dependía en ese momento de Telefónica, por lo tanto no dependía de las ventas y era un lujo, el diseño era impresionante, las fotos eran impresionantes. Tenía todos los recursos en una época que además se leían revistas, y no era un objeto forzado, sino que al revés, era un objeto muy apreciado.

Merino: Las fotos eran producciones propias. Muchos de los redactores eran gente con oficio y mucha muñeca periodística. La combinación de esas cosas, el cruce, era impredecible. Eso creaba objetos impredecibles. Un ejemplo de cómo las cosas de repente se articulaban… había una sección que era una fotografía a página completa, generalmente comprada en bancos de fotos, y teníamos que poner una frase encima. Y esa frase era una cuestión totalmente inconsciente, que aparecía de la nada. Un día estábamos con una foto en que salía un tipo, una foto antigua, vintage. Salía un tipo tirando una pelota de playa gigante, devolviéndosela al mar, como tirándola a las olas, digamos. Era una foto desvaída, como del año 69, y una pelota de playa, grande. Entonces estábamos en una especie de momento inerte, que no se nos ocurría nada con Hidalgo. Y pasó por detrás la Marisol García, que trabajaba ahí en ese momento. Y dijo, “fuiste mía un verano”. Que es el verso de la canción de Leonardo Favio, ¿no? Y era eso. Era totalmente eso. Y como nos reímos, nos dijimos, puta, está buena. La Marisol se asustó, dijo, no, si era broma. Pero por supuesto, todo era broma. La página misma era broma. Una broma rara, pero broma metafísica en ese caso.

Revista Fibra Foto Pablo Vásquez Pablo Vásquez R.

Auge y caída

La revista tuvo varias etapas y rediseños. Hacia la mitad de la década, el nombre de Telefónica empezó a pesar más y la marca Movistar comenzó a unificar la identidad visual de la compañía a nivel global.

El modelo de negocio de las revistas impresas comenzaba a mostrar sus primeras grietas frente a la misma incipiente tecnología que Fibra promovía: Internet.

Hacia finales de la década, la revista dejó de circular. No hubo un gran funeral mediático, simplemente dejó de llegar a los suscriptores premium. Fue el fin de una era en que las empresas de servicios creían que debían educar y entretener a sus usuarios con periodismo de largo aliento, y no solo con algoritmos, memes y bots de atención al cliente.

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