Niñas y niños que se quedan (y cuidan) solos
En Chile, 5.542 niñas y niños de entre cuatro y cinco años que asisten a establecimientos con financiamiento público pasan más de una hora a la semana solos en sus casas. Estos datos que arroja la más reciente Encuesta de Vulnerabilidad Escolar refleja una soledad obligada, marcada por la falta de redes de cuidado, que no es excepcional ni transitoria y que se intensifica durante las vacaciones de verano.

Todos los días, Pascal (12 años) espera que el reloj marque las cuatro de la tarde. Es verano: puede despertarse más tarde y las horas pasan sin apuro. Pero mientras su mamá trabaja, se queda en casa sola con su hermano de siete años. Cuando ella llega, a las cuatro, justo abren las puertas de Patio Don Bosco Punitaqui de La Florida, un espacio comunitario, ubicado a varias cuadras de la casa de Pascal, que durante todo el año recibe a niñas y niños durante las tardes, ofreciéndoles un lugar seguro para jugar y vincularse. Para llegar al patio, Pascal se va sola. A veces en su bicicleta, otras en micro, pensando en todas las cosas que hará esa tarde.

Para muchas niñas y niños, el espacio de tiempo en su casa, sin alguien que vele por ellos, son horas que se viven en solitario, sin una red de adultos que los cuide y acompañe. Quienes conocen de cerca está realidad aseguran que esto no ocurre porque sus cuidadores no quieran cuidarlos, sino por la falta de redes de apoyo o dinero para, por ejemplo, pagar un after school. Es un problema que las cuidadoras y cuidadores viven todo el año, pero se intensifica en las vacaciones: cuando ya no van al colegio, desaparece la rutina en uno de los pocos espacios que estructuran el día para niñas y niños y que también que les ofrece protección cotidiana.
Paloma Del Villar, directora de Observatorio Niñez Colunga, centro que recopila y sistematiza datos sobre infancias en Chile, advierte que “hoy tenemos niñas y niños que están pasando muchas horas solos. No es un problema individual de organización familiar: es un problema país de cuidados”. Como Colunga trabaja de la mano con muchas organizaciones de la sociedad civil que buscan dar solución a estos problemas, saben que ese drama a veces involucra que niñas o niños lleven un colgante en el cuello donde guardan las llaves de su casa para irse y quedarse solos. En algunos casos, cuentan que sus papás tienen cámaras al interior para supervisar desde ahí cómo están.
Una realidad estructural
En contextos donde los adultos deben seguir trabajando y las redes de apoyo son limitadas, esas horas de la tarde pueden marcar diferencias significativas en el bienestar, la seguridad y el desarrollo socioemocional de niñas y niños. No solo por falta de supervisión, sino de presencia, vínculo y posibilidad de encuentro. Así lo asegura Del Villar.
Los datos muestran que quedarse solo durante la infancia es una experiencia extendida y que comienza mucho antes de lo que se podría suponer. Según datos de Observatorio Niñez Colunga, a partir de la Encuesta de Vulnerabilidad Estudiantil 2024 (EVE), en Chile hay miles de niñas y niños que se quedan solos por más de una hora al menos una vez a la semana, incluso en los primeros años de escolaridad.
En educación parvularia, 5.542 niñas y niños de entre cuatro y cinco años que asisten a establecimientos con financiamiento público reconocen que sus cuidadores los dejan solos en sus casas a lo menos una hora a la semana (2,1%). Aunque el porcentaje es bajo, en la práctica la cifra revela que miles de niñas y niños quedan desprovistos de cuidado a una edad en que la presencia de un adulto es clave.
“Que más de cinco mil niños y niñas tan pequeños queden expuestos a esta situación no puede leerse como una anécdota estadística”, plantea Del Villar. “Habla de una ausencia de redes de cuidado en una etapa muy temprana de la vida, donde la soledad tiene efectos profundos”.
Con el avance de la edad, la situación se profundiza. En primero básico, la proporción de niñas y niños que se quedan solos –y que se cuidan solos, sin supervisión de un cuidador durante el día– aumenta a 3,5%; en quinto básico llega al 15,4% y en primero medio alcanza el 40,9%. A medida que crecen, también se expanden las horas sin adultos disponibles y sin acompañamiento cotidiano.
Aunque no existe una serie histórica completa, la EVE permite contrastar con datos previos. En 2017, la Encuesta Longitudinal de la Primera Infancia (ELPI) ya mostraba que un 17% de niñas y niños entre 6 y 12 años se quedaba solo al menos una vez a la semana. No se trata, entonces, de una realidad nueva, sino de una condición persistente que atraviesa la vida cotidiana de miles de familias.
La soledad forzada
Aunque es natural y esperable que con el paso de los años y a medida que crecen aumente la autonomía de niñas y niños, esa independencia temprana no siempre es sinónimo de bienestar, porque surge por la ausencia de adultos disponibles.
“Tener espacios de autonomía es importante para el desarrollo: niñas y niños necesitan sentirse capaces, confiar en sí mismos, manejar pequeñas tareas. Por eso, lo preocupante entonces no es la autonomía en sí, sino cuando esta se transforma en soledad obligada porque no hay redes de cuidado”, explica la directora del Observatorio Niñez Colunga.
Para entender cómo se manifiesta esta realidad en el día a día, Sergio Mercado, director ejecutivo de Fundación Don Bosco, describe un patrón común entre quienes llegan al Patio: “Mucho de la falta de cuidado depende de que los adultos tengan que salir muy temprano a trabajar, a veces lejos de casa, en diferentes oficios que no siempre tienen una buena retribución económica. Entonces muchas veces los niños quedan a cargo del resto de la familia, de la tía, de la abuela. Esto genera un gran vacío: los niños que están sin un adulto significativo, un referente protector permanente, siempre quedan más expuestos”.
Ángela (12 años) vive con su mamá y su hermano mayor en La Florida y conoce muy bien esta experiencia. “Hay un periodo de tiempo en el que yo me quedo sola, porque mi mamá sale a trabajar y mi hermano está con su polola”, cuenta. En esas horas, se organiza como puede: a veces ve el teléfono, otras cocina. “Hago postres, comidas normales, como fideos con salsa”, dice con naturalidad.

Lejos de restarle valor, para Ángela cocinar es un logro y una fuente de alegría. Sí le da lata que no haya alguien que le pregunte cómo estuvo el día, que juegue con ella, que la acompañe y cuide, por ejemplo, de que no tenga un accidente en la cocina. Solo cuando pasa la tarde aparece el espacio que quiebra esa soledad, cuando llega a Patio Don Bosco. Allí conoció a Pascal, quienes se volvieron inseparables.
“Alrededor del 25% de los niños que participan en el Patio pasan gran parte del día solos, porque sus papás trabajan”, explica Laura Marabolí, directora del Patio Don Bosco Punitaqui, en la comuna de La Florida. De hecho, muchos de quienes vienen para acá llegan y se van solos, sin un cuidador. Algunos viven cerca, otros deben tomar micro, pero todos ingresan con libertad a un espacio que saben seguro. La reja siempre está abierta”.
Espacios que cuidan y acompañan
Frente a la falta de redes de apoyo, los espacios comunitarios y socioeducativos se transforman en un sostén clave para la vida cotidiana de niñas y niños.
Para hacerse una idea, en patio Don Bosco participan en talleres deportivos, culturales, de música y reforzamiento escolar, todos de libre asistencia, en un espacio donde siempre hay adultos disponibles.
“Siempre están acompañados por un equipo de profesionales adultos que están permanentemente velando por su protección y su cuidado”, explica Sergio Mercado, director ejecutivo de Don Bosco. “A partir de esas dinámicas van aprendiendo valores y siendo parte de un proceso educativo donde el niño es protagonista y el adulto cumple un rol de dinamizador”.
Las actividades cambian y se renuevan a lo largo del año. “Los martes viene un chico de la iglesia del frente y les hace clases de basketball. Los miércoles vienen de AudioMúsica y les enseñan a tocar guitarra, batería y varios instrumentos. Los jueves hacemos juegos con agua. Siempre vamos variando en las actividades y se cambian trimestralmente”, detalla Laura Marabolí.

Para quienes asisten, el patio no es solo un lugar donde pasar la tarde. Pascal lo vive como un espacio de encuentro y continuidad. Ángela coincide en esa sensación de seguridad. “Acá es donde me siento muy segura para estar con mis amigos o hablar con las tías si tengo algún problema”, dice.
Una lógica complementaria guía el trabajo de Acompañando Pasos. La fundación desarrolla un programa socioeducativo que funciona después de la jornada escolar y acompaña a niñas y niños entre cuatro y nueve años en contextos de alta vulnerabilidad. Actualmente, el programa, tipo after school, opera en siete establecimientos educacionales de comunas como Lo Espejo, Renca y La Pintana.
“La idea es que no sea una guardería ni una extensión curricular. Es un incentivo socio-pedagógico que saca a los niños del aula, que los hace disfrutar y que trabaja las habilidades lectoras y socioemocionales desde lo lúdico. Son tres horas diarias donde los niños pueden jugar, vincularse y aprender en un entorno seguro”, explica Carlos Gutiérrez, director ejecutivo de la iniciativa. Además del juego y el vínculo, el programa trabaja habilidades lectoras y socioemocionales. “Durante el año escolar los niños llegan cansados, pero se activan, se vinculan con otros cursos, hacen nuevos amigos y perciben claramente la diferencia entre quedarse solos en la casa o estar en este espacio”, agrega.
Gutiérrez enfatiza que estos espacios no reemplazan a la familia ni resuelven por sí solos la falta de un sistema de cuidados. Pero en territorios donde las redes son frágiles y las jornadas laborales se extienden, se convierten en una presencia clave, una respuesta concreta frente a la soledad cotidiana que viven miles de niñas y niños, especialmente durante el verano.
Ese escenario tiene efectos directos en el ámbito escolar. La falta de acompañamiento en las horas fuera de clases repercute en los aprendizajes y en la confianza de niñas y niños en sus propias capacidades. “Nos encontramos con rezagos lectores importantes desde primero y segundo básico. Cuando un niño no comprende lo que lee, todo lo que viene después se construye en el aire”, explica Gutiérrez, director ejecutivo de Acompañando Pasos. “Ese rezago se puede evitar si cuidamos que esas niñas y niños no pasen solos tantas horas del día sin acompañamiento adulto”.
Desde el Patio Don Bosco, el diagnóstico es similar. Cuando no hay adultos disponibles, el cuidado muchas veces se reduce a la mera supervisión. “El cuidado muchas veces es solo desde la observación: que el niño esté bien. No necesariamente hay alguien que juegue con ellos, que se preocupe de una tarea o de darles la once a una hora adecuada”, explica Marabolí, directora del Patio Don Bosco Punitaqui.
Durante el año, y especialmente en verano, estos espacios se vuelven aún más relevantes. Acompañando Pasos, por ejemplo, implementa talleres de verano en varias de sus sedes, con actividades lúdicas y acuáticas que buscan mantener una rutina de cuidado y protección cuando la escuela deja de operar. “El objetivo es que los niños sigan teniendo un espacio seguro y que las familias puedan mantener su fuente laboral”, explica su director ejecutivo.
En ese escenario, la principal respuesta estatal es el programa 4 a 7, del Servicio Nacional de la Mujer y la Equidad de Género, que desde 2025 comenzó a operar durante todo el año. La iniciativa entrega espacios de cuidado después de la jornada escolar, y en recintos definidos durante el verano, con el objetivo de permitir que las madres puedan incorporarse o mantenerse en el mercado laboral.

Aunque el programa cumple un rol clave al reconocer la necesidad de cuidado, su cobertura sigue siendo limitada y no todos los establecimientos educacionales cuentan con él. Además, su diseño no está centrado en el desarrollo integral de niñas y niños, sino en el apoyo a las trayectorias laborales de las mujeres, lo que deja fuera a una parte importante de la niñez que continúa pasando largas horas sin acompañamiento adulto.
Así, la soledad se convierte en una experiencia estructural, que no solo expone a riesgos inmediatos, sino que también va moldeando trayectorias marcadas por el rezago, la desvinculación y la falta de oportunidades. Frente a ese escenario, los espacios de cuidado y acompañamiento no aparecen como un complemento, sino como una diferencia concreta en la vida cotidiana de niñas y niños.
“Chile requiere un sistema de cuidados que permita trabajar y cuidar al mismo tiempo, sin precarizar a quienes están criando ni abandonar a los niños y niñas en el camino”, plantea Del Villar, directora del Observatorio Niñez Colunga. Mientras ese sistema no se consolida, los patios, after school y espacios comunitarios siguen siendo una respuesta parcial pero decisiva para miles de niñas y niños que, de otro modo, pasarían gran parte de su infancia solos.
Pascal lo explica desde su propia experiencia: “Hay muchos niños que pasan encerrados en sus casas o andan haciendo cosas en la calle. En estos espacios eso no pasa, no lo permiten y te ayudan a mejorar”. Para ella, el Patio Don Bosco no es solo un lugar donde pasar la tarde, sino una alternativa real a quedarse sola. “Sería muy bacán que en otras comunas existieran estos espacios”, dice.
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