Opinión

Tutti Frutti

Santiago 22 de abril 2026. El Presidente de la República, José Antonio Kast, firma el proyecto de ley del Plan de Reconstrucción Nacional. Dragomir Yankovic/Aton Chile DRAGOMIR YANKOVIC/ATON CHILE

No entiendo qué tienen en contra del nombre Proyecto Tutti Frutti. Un Tutti Frutti es fresco, simpático, dulce, sin pretensiones. ¿Cuál es el drama?

El drama no es que sea intrínsecamente malo hacer un Tutti Frutti. El problema es que una macedonia puede salir sublime o puede salir un desastre. Y casi siempre sale mal por la misma razón: el cocinero se entusiasma y le mete alguna fruta de más.

Para evaluar el conjunto hace falta un marco. El que yo uso es el concepto de Big Push: una economía estancada no se reactiva de a poco. Necesita un empujón coordinado, simultáneo y suficientemente grande para romper el equilibrio mediocre en que está atrapada. Sin crecimiento no hay plata; sin plata no hay demanda; sin demanda no hay inversión; sin inversión no hay empleo. Peor aún: cuando la economía no avanza, la paciencia ciudadana se agota y la viabilidad de los cambios estructurales se vuelve políticamente imposible. Nadie dona sangre desde la camilla. El Big Push corta ese nudo gordiano: acelera, generando las condiciones para viabilizar las reformas de fondo. Mi diagnóstico es que Chile necesita ese empujón ahora, no en vez de las reformas estructurales, sino precisamente para que sean posibles. Con ese lente, la macedonia tiene varios tipos de ingredientes bien distintos.

La uva es el Big Push propiamente tal, y aquí hay cosas genuinamente buenas. La inyección al Fondo de Emergencia por Incendios para acelerar la reconstrucción de zonas damnificadas es demanda pública activada de inmediato: uva de primera. El subsidio al empleo formal va en la dirección correcta, aunque tiene texturas ásperas a las que no le vendría mal una garlopa. La exención del IVA a la vivienda nueva durante doce meses es ingeniosa precisamente porque dura poco: crea el apuro que necesita un sector paralizado con sobrestock de proyectos que nadie ejecuta. Y la aceleración de permisos ambientales y los plazos del SEIA es cirugía real sobre los nudos que tienen muertas las inversiones. Todos sabemos que los tiempos de aprobación hacen más daño a la inversión que la tasa corporativa. Una empresa que espera siete años para que le aprueben un proyecto no va a ser seducida por cuatro puntos menos de tasa. No sirve de nada prometer cobrar menos impuestos a un proyecto que no se autoriza. Hay más uvas que la discusión ha ignorado: el mecanismo de restitución de gastos directos y efectivos o “seguro” para proyectos con RCA revocados judicialmente y facultar la condonación de multas e intereses municipales a pymes y personas naturales. Esta última no tiene glamour tributario, pero vale más que varios puntos de tasa para el comerciante chico aplastado por multas que ya no puede pagar.

La frutilla son las reformas estructurales: reintegración tributaria, reducción gradual de la tasa corporativa de 27% a 23% e invariabilidad para inversiones de largo plazo. Debo confesar que dentro de la centroizquierda he sido voz disidente: siempre estuve en desacuerdo con la desintegración. Dicho eso, las reformas permanentes no se hacen a la tonta y la loca. En cuanto presentas algo permanente al Congreso, cambia toda la aritmética política. Y los componentes tributarios no son piezas independientes: la invariabilidad conversa con la integración, la tasa conversa con la integración, y la integración obliga a resolver bien el tratamiento de las utilidades acumuladas, los créditos y sus registros, pero sin reabrir los espacios de elusión y diferimiento abusivo del diseño antiguo (el famoso FUT). Soy partidario de abordar esta discusión, pero no creo que sea factible hacerlo a matacaballo.

El pepino dulce. Mi mamá le echaba pepino dulce a la macedonia con una convicción que no admitía debate. A mi me gustaba menos. Seamos honestos: era su gusto personal, no una decisión gastronómica fundamentada. El proyecto tiene más pepinos de lo que la discusión registra. La agenda de rebajar impuestos a la herencia y contribuciones: a menos que uno compre argumentos teóricos bastante barrocos (y sazonados con una generosa porción de wishful thinking) cuesta ver en esas medidas una palanca reactivadora. Creo, además, que es tremendamente injusto que se vuelva a la agenda de eximir del impuesto especial a ciertas ganancias de capital bursátiles. Son el resultado (y buena parte del retorno) del ahorro bursátil de largo plazo, el trading, la especulación y el arbitraje financiero, actividades económicas legítimas y útiles en una economía capitalista, tan legítimas como lo que aportamos todos los demás, no veo porque los eximen a ellos y no a nosotros. No me interesa demasiado si la ganancia viene del ahorro paciente o de la especulación de corto plazo. El problema es de principio y se relaciona con mi postura sobre la integración: son rentas del capital, y en una economía razonablemente justa las rentas del capital no deberían tributar ni más ni menos que las rentas del trabajo. Punto. Otro gustito ideológico disfrazado de medida reactivadora. Lo que sí tienen todas estas medidas son coherencia ideológica con un proyecto político que cree -abiertamente y sin esconderlo- que los impuestos son expropiatorios, que el Estado debe ser más pequeño y que son deseables alivios tributarios patrimoniales y un menor peso relativo del Estado dentro de la economía. Posición legítima. Ganó las elecciones. Lo que no es legítimo es disfrazar una agenda ideológica de reactivación.

Además, triplicar los cupos de retiro voluntario en el sector público y fiscalizar las licencias médicas pueden tener sentido, pero no tienen nada que ver con reactivación. El endurecimiento de penas al contrabando de cigarrillos y las sanciones al transporte de migrantes son agenda de otra temporada, de otro árbol, de otro clima. Y mejor ni hablemos del IVA a los pañales.

Faltan dos frutas esenciales. El kiwi: obras públicas. El proyecto incluye agilización de concesiones marítimas, lo que demuestra que el gobierno sí reconoce la existencia del instrumento. Pero sigue faltando una cartera grande, concreta y visible de nuevas concesiones viales, portuarias e hídricas. Tenemos un MOP atrasado que podría activarse hoy vía concesiones privadas, con costo acotado para el fisco. No hay excusa. En la práctica, ahí hay una palanca de reactivación que el proyecto apenas roza. Y la manzana: vivienda social. La eliminación transitoria del IVA a la vivienda nueva puede mover el mercado privado -y eso está bien-, pero una parte importante del déficit habitacional está en hogares que no van a acceder a una vivienda aunque le rebajen el IVA. Ahí no basta con destrabar stock: hace falta una política de vivienda social mucho más decidida y un MINVU dedicado a construir.

Todo lo cual me devuelve al tutti frutti. La gracia de uno bien hecho está en la complementariedad: la acidez de la uva corta el dulzor de la frutilla, la manzana equilibra, el kiwi da carácter. Pero si uno mete pepinos a granel y frutas de otra estación, el sabor del conjunto se arruina, o peor, se vuelve tan confuso que nadie sabe qué está comiendo.

La solución no es tirar todo por la borda. Es conservar la uva y usar frutilla madura antes de echarla. Pero sobre todo: sacarle los pepinos, y agregarle de una buena vez el kiwi y la manzana.

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