Opinión

No somos nada

La tiranía del caos. Luego de haber participado en batallas de la Guerra de Crimea y en operaciones militares contra rebeldes en el Cáucaso como oficial del Ejército zarista, Tolstoi dejó de creer en los grandes estrategas militares y llegó a pensar que el caos de los enfrentamientos bélicos en su época era tal que nadie, absolutamente nadie, podía presumir tener el control de las batallas. Es más: nadie podía saber el desenlace de una batalla -se ganara o se perdiera- si no hasta dos o tres días después. Los imponderables que advertía (clima, suerte, órdenes y contraórdenes, errores, retrasos, encuentros fortuitos, detalles azarosos) eran de tal magnitud que no había estrategia, táctica ni libreto capaz de desentrañar la lógica y la racionalidad de una batalla. Después, cuando escribió La guerra y la paz, Tolstoi elevó esta percepción de caos y descontrol al nivel de una filosofía de la historia. Al final, no seríamos más que aquello que los vendavales de la historia quieren que seamos. Cuando el líder conduce a un pueblo cuesta arriba, lo hace como el caballo que tira la carreta. Pero ya en la cumbre, la carreta en bajada empuja al caballo y esa experiencia suele terminar en el despeñadero. La imagen le generaba la convicción suficiente para descreer de los grandes hombres y su presunto liderazgo o incidencia decisiva en la Historia. En su caso, esta mirada sobre el acontecer era, entre otras cosas, una manera de cuestionar a Napoleón, cuyo talento militar -incluso en Rusia- generaba por entonces cerrada admiración. No somos nada. Sabemos cómo los acontecimientos comienzan, sean guerras o revoluciones; no cómo terminan. No es una premisa descaminada, por lo visto, para entender los tiempos que corren.

Sin vergüenza. El principal mérito de El mago del Kremlin, película dirigida por Olivier Assayas (Carlos, Las horas del verano, Personal Shopper), es revelar cómo y por qué la política como actividad se ha degradado hasta extremos abyectos en nuestros días. La cinta corresponde a una adaptación de una novela exitosa y sobrevalorada de Guiliano da Empoli que cuenta el ascenso de Putin, ese oscuro burócrata a cargo de los servicios de inteligencia en tiempos de la descomposición de la Unión Soviética que termina siendo el nuevo zar de Rusia. La historia está contada por quien fuera uno de sus asesores -un hombre orquesta hijo de un funcionario que queda a la intemperie y que sobrevive vendiendo electrodomésticos, manejando bandas de rock, dirigiendo luego un canal de televisión, hasta convertirse en el gran orejero del entonces presidente interino. Eso es todo: una cadena interminable de trapacerías y delincuencias que, sin embargo, le ofreció a una sociedad como la rusa, en vías de disociación en ese momento, un reencuentro con los principios de autoridad, ferocidad y despotismo que son los que formatearon buena parte de su historia. Se supone que el protagonista fue un asesor clave de Putin y que él le enseñó a dominar la estética del poder. El asesor, a vez, aprendió del jerarca que la política es un juego donde puede haber cabida para todo, menos para la piedad. El resultado entonces es una celebración cínica y desvergonzada de la brutalidad del poder (contra los opositores, los chechenos, los rockeros, las minorías sexuales, ahora también contra los ucranianos y -no en último lugar- contra quienes fueron sus propios colaboradores). El relato deja en claro al menos dos cosas: que Putin sabía perfectamente dónde quería estar y que su asesor no tenía límites a la hora de prestarse para sus propósitos. Lo que no está para nada claro es lo que piensa Assayas de todo esto, puesto que muestra una cierta fascinación por los arbitrios del poder. Tampoco se entiende mucho la decisión de haberle confiado el rol central a un actor tan poco carismático como Paul Dano. Aunque el guion de la película está firmado por Assayas y el escritor Emmanuel Carrere, nada menos, conviene no hacerse demasiadas ilusiones.

Decadentismo. Para quienes quedaron deslumbrados con los notables relatos de Ni una palabra (Chai Editora), de la escritora británica Carolina Blackwood, la novela La anciana señora Webster (Ed. Alba, 2021) puede ser una decepción. La mirada ya no es tan aguda y los personajes -bastante estereotipados- no tienen el mismo interés. Tampoco se encontrará similar crueldad en las observaciones. El propósito del relato básicamente es rescatar figuras que fueron decisivas en la historia del derrumbe de una gran familia, que licencias más, licencias menos, es la de la narradora, una mujer distinguida, tres veces casada (con Lucien Freud, el compositor Israel Citkowitz y el poeta Robert Lowell) y que llegó a la literatura pasados los 40 años. Esos personajes son la bisabuela, una aristócrata cascarrabias y sombría refugiada en una mansión solitaria en Escocia; la tía Lavinia, mundana, frívola y también suicida, hermana del padre de la narradora, y después la abuela, que -antes de ir a parar a un psiquiátrico- terminó demente y con percepciones disparatadas en una mansión venida a menos. Con la protagonista incluida, son cuatro generaciones atadas a un relato decadentista y que conecta, con bordes de humor negro y contaminada por la imaginación gótica, más con la extravagancia de las clases ociosas y familias arruinadas de Inglaterra, que con los signos de los tiempos.

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