Paula

El IMC como contenido escolar: una práctica que debemos revisar

Un ensayo clínico realizado en California y publicado el año 2020 analizó programas escolares centrados en peso e IMC. Los resultados no mostraron mejoras significativas en el peso corporal ni reducciones relevantes en “obesidad” infantil. Lo que sí apareció fueron preocupaciones importantes respecto a posibles efectos negativos, como estigmatización, vergüenza corporal y daño emocional, especialmente en adolescentes vulnerables.

Recuerdo que desde muy pequeña mi profesora de básica nos medía y pesaba en una escuela pública en Valdivia. Éramos más de 40 niños en la sala. Uno por uno, anotaba nuestros datos y nos decía quién estaba “muy bajo peso” o “pasado de peso” según nuestra estatura. Todos los años, sin falta. Y no lo hacía con mala intención. Lo hacía con las herramientas que existían en los años 90 y con lo que a ella también le habían enseñado.

Años después, en 2003, me enseñaron por primera vez a calcular el IMC en una clase de biología de segundo medio. Aparecía como contenido en el libro del Ministerio de Educación. Tuve la suerte de que ese tema no se aborde de manera obsesiva, probablemente porque mi profesora era mi propia mamá y siempre fue especialmente cuidadosa con cómo hablar de cuerpos, peso y alimentación.

Pero la experiencia no terminaba ahí. En educación física, año tras año, nos subían a la balanza frente a todos. A mí, honestamente, me daba lo mismo. Mi cuerpo estaba dentro de los parámetros considerados “normales” según IMC. Pero para muchas compañeras sí era doloroso. Algunas se ponían nerviosos días antes. Otras intentaban faltar a clases y varias cargaban vergüenza mucho después de que terminaba la hora.

En esos años, además, se sabía muy poco sobre trastornos de la conducta alimentaria (TCA). La idea general era bastante simplista: la anorexia era “no comer” y la bulimia era “vomitar”. No se hablaba de obsesión corporal, culpa al comer ni del impacto que ciertos mensajes aparentemente “educativos” podían tener en adolescentes vulnerables.

Por eso vale la pena preguntarnos qué ocurre cuando enseñamos a niños y adolescentes a entender su cuerpo a partir del peso.

Porque algo aparentemente inocente como enseñar a calcular el IMC en el colegio puede dejar huellas profundas. No solo porque transforma el cuerpo en un número, sino porque instala desde muy temprano la idea de que la salud depende de encajar en una categoría corporal determinada. Y el problema es que esto sigue ocurriendo. El IMC continúa apareciendo como contenido escolar hoy en día desde octavo básico, justo en una etapa marcada por cambios físicos y emocionales intensos, pese a tratarse de una herramienta ampliamente cuestionada por no tener asidero científico.

Los TCA son multifactoriales, por supuesto. Nadie desarrolla un trastorno alimentario únicamente porque aprendió a calcular el IMC. Pero eso no significa que estas prácticas sean inocuas. Sabemos que los discursos centrados en peso y control corporal pueden actuar como factores gatillantes o reforzar conductas de riesgo en personas predispuestas.

Y las cifras actuales son alarmantes. Durante la pandemia, las consultas por trastornos de la conducta alimentaria en Chile aumentaron entre cuatro y cinco veces respecto a años anteriores. Lo más preocupante es que cerca del 40% de quienes consultaban tenían entre 10 y 17 años, según datos difundidos por el Centro de Políticas Públicas UC.

Aun así, seguimos enseñando salud desde una lógica profundamente reduccionista.

Un ensayo clínico realizado en California y publicado el año 2020 analizó programas escolares centrados en peso e IMC. Los resultados no mostraron mejoras significativas en el peso corporal ni reducciones relevantes en “obesidad” infantil. Es decir, ni siquiera logró sostenerse el principal argumento con el que suelen defenderse estas prácticas.

Lo que sí apareció fueron preocupaciones importantes respecto a posibles efectos negativos, como estigmatización, vergüenza corporal y daño emocional, especialmente en adolescentes vulnerables. El estudio no afirma que enseñar IMC causa directamente trastornos alimentarios, pero sí deja en evidencia que existe preocupación científica real sobre las consecuencias de abordar la salud desde la clasificación corporal.

Y quizás uno de los puntos más importantes es otro. Un estudio publicado en JAMA Pediatrics enfatiza algo que todavía cuesta mucho entender socialmente y es que los trastornos alimentarios no ocurren solo en personas de bajo peso. Muchos niños y adolescentes con cuadros graves pueden tener un IMC considerado “normal” e incluso cuerpos que el sistema clasifica con “sobrepeso” u “obesidad”.

Eso cambia completamente la conversación. Porque una persona puede estar sufriendo profundamente, vivir obsesionada con restringirse o compensar lo que viene, y aun así seguir encajando dentro de los rangos que el sistema considera “saludables”.

Creo que aquí también es importante ser justos con los profesores. Muchas veces son ellos quienes terminan reproduciendo contenidos diseñados desde políticas educativas antiguas, con escasa actualización en salud mental y desarrollo adolescente. No podemos responsabilizar únicamente a docentes que trabajan con las herramientas que el propio sistema les entrega.

El problema es más estructural. Tiene que ver con cómo entendemos la educación en salud y con la obsesión cultural por convertir el cuerpo en un proyecto de control desde la infancia.

Porque sí, necesitamos enseñar salud en los colegios. Pero podríamos hacerlo de maneras mucho más humanas. Hablar de alimentación suficiente, de descanso, salud mental, movimiento desde el bienestar y no desde el castigo, de consumo de alcohol y tabaco, de autocuidado y de hábitos que ayuden a construir vidas más habitables.

Porque cuando una persona aprende demasiado temprano que su cuerpo debe ser corregido o vigilado, lo que está en riesgo no es solo su salud física. También lo está la forma en que aprenderá a relacionarse consigo mismo.

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